AUTOELIMINAR O AUTO-ELIMINAR, ESA ES LA CUESTIÓN (*)

octubre 20, 2011 at 4:33 pm Deja un comentario

Por Marciano Durán

Hola abuelito—dijo Mateo sentándose en el piso, como hacía cada noche al llegar a su casa- cuéntame abuelito la historia que me prometiste.

El anciano de barba gris hasta el pecho y de manto azul hasta el suelo, asintió con la cabeza y acomodó su garganta como si fuera a cantar.

–Bien- dijo con voz y tono de abuelo. ¿Qué es lo que quieres saber de aquellos años tan, pero tan lejanos?

–Todo. Cómo llegamos acá. Cómo empezó todo. Qué nos pasó. Cómo nadie se dio cuenta -contestó Mateo, desparramando dudas por toda la habitación.

–¡Es que yo era muy pequeño! Tengo pocos recuerdos propios. Fueron mis padres los que me contaron cómo empezó. A ver, estamos en el 2093… no me da la memoria para tantos años- dijo riendo y despeinando con su mano la cabecita de Mateo.

–Pues…. ¡A contarlo abuelo, a contar lo que recuerdes!- gritó el niño, desafiando la sordera de su abuelo.

–Bien…el siglo XXI había comenzado hacía poco. Las comunidades convivían en relativa paz y nadie parecía advertir lo que vendría —dijo el anciano mientras apoyaba su mate en el suelo.

–¿Qué quiere decir que nadie parecía advertir lo que vendría? -preguntó Mateo sin quitar sus ojos de los ojos de su abuelo.

–¡Qué nadie se dio cuenta! ¡Nadie! Estaban muy ocupados haciendo algo. Ni siquiera los que se daban cuenta de todo, se dieron cuenta. Existía un aparato (ya te conté eso) al que le decían “televisión”. Por ese aparato que todos miraban, en unos espacios que llamaban “informativos”, un hombre y una mujer le contaban a los demás lo que había pasado en el día.

–¿Por ese aparato?

–Por ese aparato. Y allá por el 2010 o el 20 los choques entre vehículos empezaron a adueñarse de las noticias. Hablaban de robos, de drogas, de choques y de fútbol.

–¿Qué era el fútbol, abuelo?

–Eso te lo cuento otro día. Lo que quiero que sepas ahora es que esta pareja informaba sobre los accidentes y como si fuera un parte de guerra, daban cuenta de las bajas producidas.

–¿Y ahí se dieron cuenta?

–No. Es más, los fines de semana largos hacían reportes con el número total de caídos.

Y la gente se asombraba.

Y la parejita reclamaba medidas urgentes.

Y todos decían que el problema del tránsito era cultural.

Se indignaban cuando se enteraban de que el choque había sido por culpa de unos aparatos llamados teléfonos celulares, pero todos seguían usándolos mientras manejaban.

Cuando moría una persona importante, reflexionaban durante uno o dos meses.

Eran tiempos en que aún crecían los árboles en las aceras.

–¡¿Árboles en las aceras!?- interrumpió Mateo.

-Sí. Y los peatones cruzaban las calles.

Pero la gente empezó a comprar más y más autos y a regalarles más y más motos a sus hijos.

Si llenabas el tanque del auto te regalaban una moto.

Si llenabas el tanque de la moto te pagaban la cuota del auto.

El negocio no era el auto ni la moto, el negocio era el combustible.

Ellos te regalaban el envase y vos tenías que vivir para llenarlo.

–¿Y a dónde iban en auto?

-En algunas ciudades del Uruguay los matrimonios con más de quince años de casados, cuando se aburrían, se iban a la entrada de la ciudad y allí tomaban mate dentro de sus autos viendo pasar otros autos.

No te rías de lo que te voy a contar, pero algunos se ponían de espaldas al mar o al río y de frente a la carretera.

Así empezaron y nunca más pudieron volver atrás.

Un día, alguien dijo en voz alta “¡No puede ser! ¡Tengo que dejar el auto a dos cuadras para llegar al banco!” ¡Y saz! Un edil lo estaba escuchando y …

-“Se pone a votación la propuesta del edil Cañete: instruméntese con el Banco de la República la creación del BancAuto para poder entrar al banco con auto y todo. 29 votos en 30 afirmativo”.

Y perdió el de la bicicleta…

–¿Y por qué los clientes de los bancos no tenían lugar para estacionar?

–Porque el lugar lo ocupaban los autos de los empleados y del gerente del banco. No Mateo, te dije que si te reías no te contaba nada.

A las tiendas y a las oficinas les pasaba lo mismo. Los vehículos de los empleados no les dejaban lugar a los de los clientes. Incluso en una ciudad del interior, el director de Cultura dejaba su auto frente a su oficina, todo el día.

–¿Y?

–Que ahí confirmaron que el problema del tránsito era cultural.

–¿Y el banco?

–El banco funcionó bárbaro. Los autos entraban por una rampa y a la derecha se encontraban con un largo mostrador a la altura de la ventanilla. Bajando el vidrio cobraban sus cheques y hacían sus depósitos.

Los ediles eran automovilistas, los concejales y los alcaldes también.

Y hasta los inspectores y el director de Tránsito de la Intendencia eran automovilistas.

Los automovilistas y los motociclistas -contentos con los cambios que comenzaban a tener en sus ciudades- pensaron que debían incidir más en los partidos políticos.

Así que se presentaron a las elecciones y el PAU (Partido Automovilístico del Uruguay) y la AMU (Asamblea de Motociclistas Uruguayos) consiguieron una buena representación en diputados y senadores en una de las elecciones de mediados de siglo.

–¿Y todo el mundo hacía lo mismo abuelo?

–No, unos pocos íbamos en sentido contrario. El día que las bici-sendas fueron transformadas en moto-sendas, los ciclistas empezaron a preocuparse.

El único tránsito lento por esos tiempos era el intestinal y para cruzar la calle los peatones debían organizar grupos de cincuenta y hacerlo cada hora justa.

Un día y sin previo aviso los automovilistas resolvieron regular la tasa bruta de mortalidad por mano propia, por lo que los peatones tuvieron que colocar puentes colgantes de piolas para poder cruzar de una manzana a otra.

Pero ya era tarde.

El PAU llegó al gobierno y la AMU fue su principal oposición.

-¿Y los demás, abuelo?

–Los demás éramos muy pocos y solo aparecieron algunas respuestas casi clandestinas. Reuniones secretas de peatones, pintadas contra el régimen, pequeñas manifestaciones de ciclistas, volanteadas y poca cosa más.

Los graffitis aparecieron en los muros de las ciudades:

“Autoeliminar o auto-eliminar… that is the question” decían algunos muros.

“Habrá calles pa’ todos o patadas” decían otros.

“Automovilista: tenemos paciencia para esperar. Apenas bajes del auto serás peatón” se leía en otros muros.

Con los votos de sus diputados y de sus senadores las ciudades empezaron a cambiar en serio. Con lo que se ahorraron en semáforos y carteles de PARE se eliminaron las veredas y pudieron ensanchar las calles.

Las plazas se convirtieron en playas de estacionamiento de autos y motos y a las rotondas les bajaron el cordón para poder atravesarlas sin girar.

Y lo peor de todo… se instalaron peajes para peatones.

“U$S 0,50 niño, U$S 1 adolescente, U$S 1,50 adulto, U$S 2 embarazada”, decían los carteles.

Los peatones hacían cola y dejaban su aporte en cabinas hechas con autos atravesados a lo ancho de la calle. Con lo recaudado se construían nuevas autopistas en la ciudad.

Después, se promulgó una ley por la que se obligó a los peatones a andar matriculados y pagar una patente anual.

Se les colgó del cuello una chapa con un número y se les obligó a pagar todos los años en su respectiva intendencia.

Pero no hubo acuerdo.

Fue por esos años que se desarrolló lo que se conoció como “La Guerra de las Patentes”. Se produjeron decenas de miles de muertos debido a la diferencia de precio en los distintos departamentos del país.

A partir de ahí, los peatones se convirtieron en ciudadanos de quinta categoría, con menos derechos que un caballo.

El único respaldo lo encontramos en la “Sociedad Protectora de Peatones” que competía con poco éxito con la Protectora de Animales.

–¿Y ahora abuelo?

–Ahora nada mi amor. Ahora estamos acá desde hace 30 años. Tú naciste acá.

–¿Yo nací en la Isla Gorriti?

–Sí Javier, y otros nacieron en las cuevas de las Sierras de las Ánimas, algunos quedaron en las islas del Río Negro, hay un centenar de peatones y ciclistas en los Mares de Piedra en San José, una treintena más en la Isla de Flores, una docena en las grutas del Arequita y algunos más viviendo en barcos frente a Colonia. No somos más de mil.

–¿Lograremos sobrevivir abuelo?

–Difícil, Mateo, difícil; cada vez están más cerca, están más cerca, más cerca, más cercaaaaaaa……

………………………………………

–Viejo, viejo, despiértate, estás hablando sólo- dijo la mujer sacudiendo a su marido en la madrugada.

–¿Qué, qué pasó?- gritó el señor de bigotes sentándose en la cama.

–No sé, hablabas, te quejabas, movías las manos como manejando un auto, gritabas que cada vez estaban más cerca. Mejor levántate Máximo, hoy tienes el Encuentro de Directores de Tránsito en la Intendencia y vas a llegar tarde.

(*) Texto leído en el Encuentro Nacional de Directores de Tránsito de Uruguay, realizado en Maldonado el 30/9/11 (por invitación de Máximo Oleaurre, director de Movilidad Ciudadana de la Intendencia de Maldonado)

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