Archivo para octubre, 2011
AUTOELIMINAR O AUTO-ELIMINAR, ESA ES LA CUESTIÓN (*)
Por Marciano Durán
Hola abuelito—dijo Mateo sentándose en el piso, como hacía cada noche al llegar a su casa- cuéntame abuelito la historia que me prometiste.
El anciano de barba gris hasta el pecho y de manto azul hasta el suelo, asintió con la cabeza y acomodó su garganta como si fuera a cantar.
–Bien- dijo con voz y tono de abuelo. ¿Qué es lo que quieres saber de aquellos años tan, pero tan lejanos?
–Todo. Cómo llegamos acá. Cómo empezó todo. Qué nos pasó. Cómo nadie se dio cuenta -contestó Mateo, desparramando dudas por toda la habitación.
–¡Es que yo era muy pequeño! Tengo pocos recuerdos propios. Fueron mis padres los que me contaron cómo empezó. A ver, estamos en el 2093… no me da la memoria para tantos años- dijo riendo y despeinando con su mano la cabecita de Mateo.
–Pues…. ¡A contarlo abuelo, a contar lo que recuerdes!- gritó el niño, desafiando la sordera de su abuelo.
–Bien…el siglo XXI había comenzado hacía poco. Las comunidades convivían en relativa paz y nadie parecía advertir lo que vendría —dijo el anciano mientras apoyaba su mate en el suelo.
–¿Qué quiere decir que nadie parecía advertir lo que vendría? -preguntó Mateo sin quitar sus ojos de los ojos de su abuelo.
–¡Qué nadie se dio cuenta! ¡Nadie! Estaban muy ocupados haciendo algo. Ni siquiera los que se daban cuenta de todo, se dieron cuenta. Existía un aparato (ya te conté eso) al que le decían “televisión”. Por ese aparato que todos miraban, en unos espacios que llamaban “informativos”, un hombre y una mujer le contaban a los demás lo que había pasado en el día.
–¿Por ese aparato?
–Por ese aparato. Y allá por el 2010 o el 20 los choques entre vehículos empezaron a adueñarse de las noticias. Hablaban de robos, de drogas, de choques y de fútbol.
–¿Qué era el fútbol, abuelo?
–Eso te lo cuento otro día. Lo que quiero que sepas ahora es que esta pareja informaba sobre los accidentes y como si fuera un parte de guerra, daban cuenta de las bajas producidas.
–¿Y ahí se dieron cuenta?
–No. Es más, los fines de semana largos hacían reportes con el número total de caídos.
Y la gente se asombraba.
Y la parejita reclamaba medidas urgentes.
Y todos decían que el problema del tránsito era cultural.
Se indignaban cuando se enteraban de que el choque había sido por culpa de unos aparatos llamados teléfonos celulares, pero todos seguían usándolos mientras manejaban.
Cuando moría una persona importante, reflexionaban durante uno o dos meses.
Eran tiempos en que aún crecían los árboles en las aceras.
–¡¿Árboles en las aceras!?- interrumpió Mateo.
-Sí. Y los peatones cruzaban las calles.
Pero la gente empezó a comprar más y más autos y a regalarles más y más motos a sus hijos.
Si llenabas el tanque del auto te regalaban una moto.
Si llenabas el tanque de la moto te pagaban la cuota del auto.
El negocio no era el auto ni la moto, el negocio era el combustible.
Ellos te regalaban el envase y vos tenías que vivir para llenarlo.
–¿Y a dónde iban en auto?
-En algunas ciudades del Uruguay los matrimonios con más de quince años de casados, cuando se aburrían, se iban a la entrada de la ciudad y allí tomaban mate dentro de sus autos viendo pasar otros autos.
No te rías de lo que te voy a contar, pero algunos se ponían de espaldas al mar o al río y de frente a la carretera.
Así empezaron y nunca más pudieron volver atrás.
Un día, alguien dijo en voz alta “¡No puede ser! ¡Tengo que dejar el auto a dos cuadras para llegar al banco!” ¡Y saz! Un edil lo estaba escuchando y …
-“Se pone a votación la propuesta del edil Cañete: instruméntese con el Banco de la República la creación del BancAuto para poder entrar al banco con auto y todo. 29 votos en 30 afirmativo”.
Y perdió el de la bicicleta…
–¿Y por qué los clientes de los bancos no tenían lugar para estacionar?
–Porque el lugar lo ocupaban los autos de los empleados y del gerente del banco. No Mateo, te dije que si te reías no te contaba nada.
A las tiendas y a las oficinas les pasaba lo mismo. Los vehículos de los empleados no les dejaban lugar a los de los clientes. Incluso en una ciudad del interior, el director de Cultura dejaba su auto frente a su oficina, todo el día.
–¿Y?
–Que ahí confirmaron que el problema del tránsito era cultural.
–¿Y el banco?
–El banco funcionó bárbaro. Los autos entraban por una rampa y a la derecha se encontraban con un largo mostrador a la altura de la ventanilla. Bajando el vidrio cobraban sus cheques y hacían sus depósitos.
Los ediles eran automovilistas, los concejales y los alcaldes también.
Y hasta los inspectores y el director de Tránsito de la Intendencia eran automovilistas.
Los automovilistas y los motociclistas -contentos con los cambios que comenzaban a tener en sus ciudades- pensaron que debían incidir más en los partidos políticos.
Así que se presentaron a las elecciones y el PAU (Partido Automovilístico del Uruguay) y la AMU (Asamblea de Motociclistas Uruguayos) consiguieron una buena representación en diputados y senadores en una de las elecciones de mediados de siglo.
–¿Y todo el mundo hacía lo mismo abuelo?
–No, unos pocos íbamos en sentido contrario. El día que las bici-sendas fueron transformadas en moto-sendas, los ciclistas empezaron a preocuparse.
El único tránsito lento por esos tiempos era el intestinal y para cruzar la calle los peatones debían organizar grupos de cincuenta y hacerlo cada hora justa.
Un día y sin previo aviso los automovilistas resolvieron regular la tasa bruta de mortalidad por mano propia, por lo que los peatones tuvieron que colocar puentes colgantes de piolas para poder cruzar de una manzana a otra.
Pero ya era tarde.
El PAU llegó al gobierno y la AMU fue su principal oposición.
-¿Y los demás, abuelo?
–Los demás éramos muy pocos y solo aparecieron algunas respuestas casi clandestinas. Reuniones secretas de peatones, pintadas contra el régimen, pequeñas manifestaciones de ciclistas, volanteadas y poca cosa más.
Los graffitis aparecieron en los muros de las ciudades:
“Autoeliminar o auto-eliminar… that is the question” decían algunos muros.
“Habrá calles pa’ todos o patadas” decían otros.
“Automovilista: tenemos paciencia para esperar. Apenas bajes del auto serás peatón” se leía en otros muros.
Con los votos de sus diputados y de sus senadores las ciudades empezaron a cambiar en serio. Con lo que se ahorraron en semáforos y carteles de PARE se eliminaron las veredas y pudieron ensanchar las calles.
Las plazas se convirtieron en playas de estacionamiento de autos y motos y a las rotondas les bajaron el cordón para poder atravesarlas sin girar.
Y lo peor de todo… se instalaron peajes para peatones.
“U$S 0,50 niño, U$S 1 adolescente, U$S 1,50 adulto, U$S 2 embarazada”, decían los carteles.
Los peatones hacían cola y dejaban su aporte en cabinas hechas con autos atravesados a lo ancho de la calle. Con lo recaudado se construían nuevas autopistas en la ciudad.
Después, se promulgó una ley por la que se obligó a los peatones a andar matriculados y pagar una patente anual.
Se les colgó del cuello una chapa con un número y se les obligó a pagar todos los años en su respectiva intendencia.
Pero no hubo acuerdo.
Fue por esos años que se desarrolló lo que se conoció como “La Guerra de las Patentes”. Se produjeron decenas de miles de muertos debido a la diferencia de precio en los distintos departamentos del país.
A partir de ahí, los peatones se convirtieron en ciudadanos de quinta categoría, con menos derechos que un caballo.
El único respaldo lo encontramos en la “Sociedad Protectora de Peatones” que competía con poco éxito con la Protectora de Animales.
–¿Y ahora abuelo?
–Ahora nada mi amor. Ahora estamos acá desde hace 30 años. Tú naciste acá.
–¿Yo nací en la Isla Gorriti?
–Sí Javier, y otros nacieron en las cuevas de las Sierras de las Ánimas, algunos quedaron en las islas del Río Negro, hay un centenar de peatones y ciclistas en los Mares de Piedra en San José, una treintena más en la Isla de Flores, una docena en las grutas del Arequita y algunos más viviendo en barcos frente a Colonia. No somos más de mil.
–¿Lograremos sobrevivir abuelo?
–Difícil, Mateo, difícil; cada vez están más cerca, están más cerca, más cerca, más cercaaaaaaa……
………………………………………
–Viejo, viejo, despiértate, estás hablando sólo- dijo la mujer sacudiendo a su marido en la madrugada.
–¿Qué, qué pasó?- gritó el señor de bigotes sentándose en la cama.
–No sé, hablabas, te quejabas, movías las manos como manejando un auto, gritabas que cada vez estaban más cerca. Mejor levántate Máximo, hoy tienes el Encuentro de Directores de Tránsito en la Intendencia y vas a llegar tarde.
(*) Texto leído en el Encuentro Nacional de Directores de Tránsito de Uruguay, realizado en Maldonado el 30/9/11 (por invitación de Máximo Oleaurre, director de Movilidad Ciudadana de la Intendencia de Maldonado)
Un urug…, un Marciano en Europa (Capítulo II)
Contratapa
Madrid- Barcelona, mi segundo vuelo
¡Me caigo y no me levanto! ¡Barajas! ¡Esto sí es un aeropuerto y no la porquería que tenemos en casa!
No podía creer lo que estaba viendo, las escaleras mecánicas se cruzaban y tenías que hacer combinación en ellas como si fueran ómnibus. Bajabas de una escalera y una cinta te llevaba un kilómetro para adelante sin mover los pies. De ahí a un ascensor, y del ascensor a un tren que corría por abajo del aeropuerto. De ahí a otra cinta de dos kilómetros, y de la cinta a otro tren sin conductor.
–¡Y nosotros le decimos aeropuerto a lo que tenemos en Carrasco, Mabel!
–Recién salimos, Pandolfi, aflojale con las comparaciones porque el viaje va a ser interminable. Es lo primero que vemos afuera de Uruguay y ya arrancaste con las comparaciones. Cada país tiene su aeropuerto ¿tá? -y me metió una pesada de aquellas.
Con el paso de los días y de las ciudades me daría cuenta de que tenía razón. No podía andar comparando la Torre de Pisa con la Torre del Vigía, el Coliseo con la Plaza de Toros de Colonia, el Arco de Triunfo con la Puerta de la Ciudadela, o los canales de Venecia con el canal cuatro o el doce. Cada cosa en cada lugar.
Yo sé lo que me pasó. Que me entró el agrande que le entra a algunos que pasan un año afuera, y cuando regresan todo les parece chiquito e insignificante. De cualquier manera, el freno de mano me lo pusieron en la garganta, así que anoté en la misma libretita del avión “ojo: a la bruja le caen mal las comparaciones”.
Una hora después de cambiar de nivel, de sección, de plataforma, de sector y de pasajes, llegamos hasta el lugar donde cambiábamos de avión para tomar el que nos llevaría a Barcelona. Me acerqué a una oficina de información para no hacer cola al santo botón. Para romper el hielo se me ocurrió un buen chiste.
–¡Y sí, al final me fui a Barajas! Tenía poco, ¿vio?
–Pasan setenta y cinco mil personas por día por este aeropuerto- me dijo con acento gallego y mirándome fijo a los ojos – El cuarenta por ciento dice día tras día la misma estupidez. Hoy ya me lo dijeron diecisiete mil gilopollas antes que tú. ¿Tienes otra pregunta para hacer, o has venido hasta aquí solo para que te deporten?-. Y giré sobre los talones, porque vi que la mano venía torcida. Le iba a decir que no se hiciera el sota, pero calculé que ahí me pasaban a la piecita. Preguntamos a otras personas sin mencionar el chiste de las barajas, porque calculé que esto iba a estar lleno de agentes de particular. Pensé mil veces en decirle a la bruja que aquello era un poquito más grande que Tres Cruces… y mil veces me arrepentí a tiempo. Cuando me imaginé a la Terminal de Tres Cruces, recordé a mi patria querida.
–Vieja, no me vas a creer, pero empiezo a extrañar el viento de la rambla en la cara, el bullicio de la feria de Tristán Narvaja, el ruido que hacían las botellas de Conaprole, y el olor del frigorífico de Las Piedras. Mirá, vieja, extraño el veinticuatro de agosto. Empiezo a tener nostalgia de la Noche de la Nostalgia. ¿Te das cuenta? ¡Solo en el paisito puede pasar esto: tengo nostalgia de tener nostalgia! – mi mujer ni siquiera se molestó en contestarme. Se limitó a indicarme la puerta de embarque para tomar el avión que nos llevaba a la próxima ciudad.
El avión era más chico que el anterior. Incluso me resultó algo pequeño para lo que yo estoy acostumbrado. Apenas nos sentamos aparecieron las señoritas a hacer en el pasillo el baile de Macarena. Miré a un tipo con cara de boliviano que anotaba en una libreta lo que las señoritas iban diciendo.
–No mires para atrás -le dije a mi mujer- Hay un tipo que anota todo lo que dicen -y me dormí por las dos o tres horas que duró el vuelo.
Al despertar, el despiste era total. El despiste mío. No tenía ni idea de la hora. Ni la de España, la de Paso de los Toros, la de Kuala Lumpur, y mucho menos la del avión. Hasta donde pude entender, salimos de Montevideo a las catorce horas, y pasamos toda la tarde y toda la noche viajando. O sea que serían las seis de la mañana. Pero como había diferencia horaria con la madre patria que nos parió, ahora, de un saque, eran las once de la matina.
No solo que no había dormido bien, sino que además me afanaron cinco horas. Mi cabeza se negaba a entender este asunto horario. Peor aún: mi cuerpo desconocía esta historia de viajes y relojes, y poco a poco empezaba a buscar cama.
–¿Quién me devuelve las cinco horas que me afanaron?
–Cuando volvamos las vamos a tener otra vez.
–¿Y si me muero en Europa?
–No te vas a morir, Pandolfi. Vinimos a pasear, no a morirnos.
–Pero me puedo morir. Es más, tengo la sensación de que en las cinco horas que me robaron se me iba a ocurrir una idea buenísima que iba a cambiar nuestra vida ¡Podía haber cambiado el mundo con una buena idea! ¡Y me afanaron la posibilidad! Imaginate que en esas cinco horas yo me hubiera planteado… Por ejemplo: divorciarme. Imaginate que justo a las siete de la mañana, hora que no tuve el placer de vivir, decidía empezar a tocar la paira en una orquesta tropical. Imaginate que a las siete de la mañana se me ocurría cambiarme de sexo o poner un kiosco en Pirarajá. Imaginate que…
En ese momento me di cuenta de que estaba hablando con una señora japonesa, bastante más baja que mi mujer, que me miraba como pidiendo disculpas por no entender lo que le decía. Miré a lo lejos y alcancé a ver a Mabel parada frente a unas enormes cintas donde pasaban valijas.
¡Ése era nuestro primer desafío europeo! Escuchamos miles de anécdotas de personas a las que les perdieron las valijas, y tuvieron que esconderse atrás de las columnas y correr desnudos de baño en baño de los aeropuertos, hasta que les mandaron dinero para comprar ropa.
“¡Ahí está la clave del viaje!”, me había dicho mi tío antes de salir. “Tienes que estar muy despiertito en el momento que empiezan a pasar delante de ti. Pestañeas y se te escapan”. Resolví manotear todas las que se parecieran a las nuestras. Un amigo nos había aconsejado que le pusiéramos una cinta roja atada para poder identificarlas.
Había dos posibilidades: o le dijo lo mismo a todos los que iban en ese vuelo, o esa idea estaba más usada que la Ley de Lemas. ¡Todas las valijas que aparecían por la cinta sin fin tenían una cinta roja! Así que descargué la casi totalidad del equipaje del avión, y al grito de “¡ésa es mía, infeliz!”, uno a uno me iban quitando las valijas de las manos, hasta que quedaron solamente dos girando sobre la cinta. La encontramos por descarte.