Un urug…, un marciano en Europa

septiembre 10, 2011 at 10:39 am Deja un comentario

Capítulo I
Montevideo-Madrid
Volando por vez primera

Nunca imaginé que llegaría este día. Los nervios me hacían transpirar los dedos y parecía que la valija se me iba a escurrir de las manos. Había soñado mil veces que la valija se me abría en pleno aeropuerto y quedaban a la vista mi ropa interior y mis calcetines. Mi madre me advirtió desde chico que los calzoncillos son cosa privada.
Mi mujer apretaba la cartera con todas sus fuerzas, siguiendo los consejos que nos dieron unas amigas que viajaron antes que nosotros.
“¡Te van a querer robar, todos te van a querer robar!”, nos dijo una señora que viajó el año pasado a España. Así que yo me puse una especie de cinto con bolsillos por dentro de la ropa, donde acomodé los euros que habíamos comprado para el viaje. Coloqué algo de los pesos uruguayos que teníamos para la vuelta en los bolsillos con botones del pantalón, y otro poco en las medias, uno nunca sabe.
Mi mujer se metió los dólares en el soutien, las tarjetas de crédito en la bombacha, los euros de cinco en la cartera, los de veinte en el bolsillo de adentro de la valija, y los de cien en el estuche de los lentes. Porque nos van a querer robar.
–El ladrón va a tener que encontrar nueve escondites– le dije a mi mujer, sentado en el hall del aeropuerto de Carrasco.
–Diez– dijo la santa -dentro de los “Siempre Libre” puse los billetes de cincuenta.
–¡Qué lo parió, Mabel, es el aeropuerto más grande que he pisado en mi vida!– dije mirando el techo y cambiando de tema.
–No te hagas el importante que nadie te está escuchando. Lo más parecido a aeropuerto que hemos visto es el campo de aviación de la Ruta 11 en Canelones.
Lo que siguió fue un interminable sellado: “deme el papel” y “tome el pasaporte” y “¡por ahí nooo!” y “agarre la valija” y “tome este sello” y “¡cuando yo le aviseee!” y “firme acá” y “deme la cédula” y “colóquese ahí” y “todavía nooo”, que finalmente terminaron con nuestros cuerpos en una especie de túnel que nos llevó directo al avión.
¡El avióoon! ¡No te pueedo creeer! Era el primer avión de mi vida, así que me propuse disimular que nunca había subido a uno.
Paradita en la puerta, como huevo en la heladera, una azafata nos esperaba para darnos la bienvenida.
–”Gumorni, ¿jaguaryu?”– le dije, siguiendo las instrucciones de mi tía que una vez viajó a Europa.
Se ve que era de ésas que no manejan bien el inglés, porque no entendió lo que le dije.
¡Uno a cero! ¡Arranqué ganando con el asunto del idioma! ¡Esto va a ser muy fácil!
Avancé por el pasillo tocando los asientos, los portaequipajes, y hasta me detuve extasiado frente a la puerta del baño. Caminaba mirando hacia el fondo del avión y sin bajar la cabeza iba tocando todo. Tocaba cada tapizado, cada posa brazo, cada respaldo, cada picaporte… ¿Picaporte? ¿Acá un picaporte?
–Largando– dijo el copiloto– Largando que estoy trabajando.
-¿Te sentís bien, viejo?- preguntó mi mujer, que por suerte no se dio cuenta de lo que había pasado- ¿Necesitás algo?
–Ventanilla– le contesté– Buscá ventanilla.
Y corrí por el pasillo, como cuando era niño y subía al tren que iba a Rivera.
–Los pasajes están marcados, nos toca lo que nos toca– me gritó mi mujer desde atrás.
–¡No, Mabel, no! Como en la Onda, meté cuerpo, vieja, meté que allá hay una libre. Y me senté junto a la ventanilla.
Lo increíble es que estos aviones modernos vienen con tres asientos pegados, por lo que un tipo se nos quedó metido en el del medio, como una especie de butifarra entre dos panes.
–¡Mabeeel! ¡La ventanilla no da ni para empezar!
–No te escucho, viejo, porque prendieron el motor.
–Señor, disculpe, ¿podría decirle a mi mujer que esta ventanilla es muy chica? Por favor, dígale que tengo que juntar cuatro ventanillas de éstas para hacer una como la del tren. Pregúntele, don, pregúntele si sabe cómo se abren. Estoy transpirando y todavía no hemos arrancado.
–No se abren, señor– me dijo más seco que inspector de tránsito.
–Pero ¿usted le preguntó a ella, o desde aquí hasta España va a opinar por mi mujer?
–No, señor– me dijo– no le pregunté, pero le aseguro que las ventanillas de los aviones no se abren. Si se abrieran nos moriríamos todos por la presión.
–¿Qué presión? ¿Recién subimos y usted ya se está dejando presionar por las compañías de aviación? Dígale, por favor, a mi mujer que para entender lo de afuera hay que juntar cuatro ventanillas. ¿Trajo algún refuerzo?
–No, señor, no traje y le pediría que…
–Le pediría que no hable por mi esposa, señor. Pregúntele a ella si me trajo un refuerzo.
Finalmente, no sé por qué, el tipo invitó a mi mujer a cambiarse de asiento.
¡Pegadito a Mabel y con ventanilla para mí! Ahora sí. ¡Allá vamos, Europaaa!
No sé cuándo fue, pestañeé, algo me perdí y de golpe varias azafatas se pararon en el pasillo y, como si fuera un informativo para sordomudos, empezaron a hacer señas bastante extrañas.
–Atendé– le dije a mi mujer- Están explicando qué tenemos que hacer si nos vamos a pique. Si a los demás no les interesa… paciencia.
Como la mayoría seguía conversando y a mí me dio vergüenza ajena que las mujeres hablaran y nadie las atendiera, pegué el grito:
–¡Después no me pregunten! ¡El que no atienda, después que no pregunteee!
–¿Por qué no te callás?– me dijo un veterano de gabardina grisecita que estaba sentado adelante.
–Porque vos vas a ser el primero que va a venir con el cantito: “¿De dónde se tiraba la piolita para inflar esto?”, y yo voy a dejar que te hundas por atrevido. Siga, señorita, siga y disculpe- dije girando la cabeza hacia la azafata. Nunca falta un desubicado. Por suerte, por el acento no era uruguayo.
La chica siguió explicando lo de la mascarilla de oxígeno, pero yo me distraje mirándole las piernas y tuve que pedirle que repitiera.
–Señorita, ¿puede explicar de nuevo lo de la bolsita? Estoy anotando y no me da la velocidad para escribir.
–¡Sentate, ridículo!– me gritó desde el fondo uno con acento porteño.
–¡Ojalá nos vayamos a pique y vengas a pedirme para leer la libreta, vivo!– y para no tener problemas para entrar a España, resolví quedarme callado y sentado.
El avión empezó a moverse. No podía creer la velocidad que iba tomando en la pista. ¡Ochenta kilómetros por hora! Por lo menos.
La mesita para adelante, como me pidió la señorita, el asiento bien derecho, el celular apagado, los ojos que parecía que se me iban a salir de la cara, y el cinturón apretadito. Apretadito tenía todo. Incluso por unos segundos se me vino a la mente una varilla de ocho.
El avión carreteó y yo empecé a sacar fotos de todo lo que se movía.
Me abracé a mi mujer, porque la emoción me superaba. Cuando noté que nos empezábamos a inclinar manoteé la libreta donde tenía anotado todo lo que dijo la señorita.
–¡Volamooos! ¡Estamos volandooo! ¡Mireeen, estamos en el aireee!
Empecé a ver las casitas, las canchas de fútbol, Carrasco, las piscinas, la playa, el mar.
–¡Uruguay nomá! ¡Uruguay que no ni no!– fue lo único que se me ocurrió gritar por la emoción.
–Achicá un cacho que falta una eternidad- me dijo el flaco con voz de porteño.
Lo ignoré y volví a mirar por la ventanilla, a ver si conseguía comprobar la forma de corazón que dicen que tiene el paisito. Nada. Miré y miré. Nada.
–Forma de chicharrón– le dije a mi mujer.
–¿Que qué?— me contestó preguntando.
–Nada– le dije y me callé la boca, porque empezábamos a atravesar las nubes.
Me emocioné de verdad, le agarré la mano y casi se me caen las lágrimas. ¡Estábamos en el medio de las nubes! ¡Cómo en las películas!

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HAY ALGO DEBAJO DE MI CAMA Un urug…, un Marciano en Europa (Capítulo II)

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