Archivo para junio, 2011

HAY ALGO DEBAJO DE MI CAMA

Marciano Durán

Al principio pensé que había quedado la tele prendida. Pero no. Estaba apagada. Hace días que me pasa lo mismo. Es decir… hace noches que escucho ese ruidito y no consigo darme cuenta desde dónde llega. El tema es así: después de acostarme, me parece escuchar un ruidito que viene de abajo de mi cama. Es un ruidito finito, finito como el chillido de una puerta. Es un ruidito chiquito, chiquito como una estrella en el cielo. Es un ruidito raro, raro como la voz de un dibujito animado.

Es un ruidito largo, largo como una carretera interminable. Solo aparece cuando apago el televisor y mis padres se duermen. El ruidito empieza muy tímidamente, pero al rato es imposible dejar de oírlo. Por momentos, hasta me parece escuchar pequeños pasitos cerca de la mesa de luz. El otro día me animé y le pregunté a mi amigo Mateo (que sabe más que yo) si a él le había pasado alguna vez. Puso cara de preocupación, arrugó la frente y agarrándose el dedo de señalar me dijo:

-Uno: puede ser un celular que se está quedando sin batería.

Yo le dije: ¡Nooo! No, Mateo, no puede ser, porque el ruido que yo siento es finito, finito… Creo que no me entendió, porque enseguida se agarró el dedo más grande y moviéndolo me dijo:

-Dos: pueden ser ratoncitos trayendo dientes.

–¡Nooo! No, Mateo, no puedo creer que haya ratones esperando que se caiga un diente, además, el ruido que yo escucho es chiquito como una estrella en el cielo- le contesté. Otra vez puso cara de no entenderme y levantando el dedo en que mamá usa el anillo dijo:

-Tres: pueden ser los Reyes Magos que… ¡Nooo! ¡No, Mateo, no!

Y levantando ahora mis dedos le dije:

-Uno: porque estamos en mayo; dos: porque los Reyes Magos no caben debajo de mi cama y tres: porque el ruido que yo siento es raro y largo. A la noche, mientras pensaba en hablar con papá y contarle lo del ruidito, el sueño empezó a llegar lentamente.

No sé muy bien a qué le tengo miedo, lo que sí sé es que no me gustan las películas de terror ni la oscuridad. No me gustan los monstruos, ni los zombis, ni los fantasmas. Pero a este ruidito nunca le tuve miedo. Ha de ser porque no es un ruido feo… es simplemente un ruido finito, chiquito, raro y largo. Al día siguiente, fuimos con Mateo a hablar con Candelaria.

-Sí. A mí me ha pasado muchas veces- nos dijo Candelaria. Es un celular que se está quedando sin…

-¡Nooo! – gritamos a dúo con Mateo- te dijimos que el ruido es chiquito y finito. -¡Un MP3! ¡Es un MP3 que quedó prendido!- contestó Candelaria, y no había terminado de hablar cuando nuestros gritos la volvieron a interrumpir:

-¡No, Cande, no! Te dijimos que el ruido es finito. Cuando nos quiso explicar que podía ser un ratoncito, tuvimos que decirle que los ratoncitos no hacen ruidos raros y largos como una carretera interminable. El ruido siguió apareciendo noche a noche, pero nunca me animé a mirar para abajo de la cama… hasta que por fin se me ocurrió una estupenda idea: Invitar a Mateo y a Candelaria a dormir en casa. Cuando se apagó la luz que venía del comedor, aparecieron las formas de animales en las cortinas y en las paredes.

Y aparecieron la silla y la mochila, y ahora, las mochilas de Mateo y de Candelaria, y cuando estaba a punto de quedarme dormido alcancé a escuchar el ruidito finito y chiquito. Esta vez no tan chiquito. Le toqué el brazo a Mateo y Mateo llamó a Cande. Los tres colgamos nuestras cabezas hacia el piso, tratando de mirar debajo de mi cama. Candelaria prendió su linterna; apuntó primero a mi cara, después a la de Mateo y finalmente al piso.

Lo que vimos nos dejó sin habla. ¡No lo podíamos creer! Mateo cerró los ojos muy fuerte para no seguir mirando. Yo estuve a punto de gritar. A Cande se le cayó la linterna. Los tres quedamos paralizados. En un rincón –asustada- una tirarera trataba de esconderse en alguna parte.

Mateo quiso sacarla con un zapato, Candelaria trajo una escoba, yo no sabía qué hacer; la tirarera tampoco salía de su asombro. Tanto tiempo estuvimos mirándonos los cuatro, que llegó la mañana y el despertador de papá empezó a sonar. A las corridas, cada uno se fue a su cama, y nos hicimos los dormidos hasta que mamá nos llamó para ir a la escuela.

Después de desayunar volvimos al dormitorio por las mochilas y aprovechamos para mirar una vez más para abajo de la cama: allí seguía la tirarera, asustada y contenta. En clase no hicimos otra cosa que recordarla. Durante el recreo pensamos en hablarlo con algún mayor, pero enseguida nos dimos cuenta de que nadie nos creería. Cuando volví a casa, mamá estaba a punto de barrer debajo de la cama. Para mi sorpresa, no solo barrió, sino que además juntó la linterna, dos bolitas, una media… y no vio absolutamente nada. A la tardecita fuimos al cumpleaños de Paz; allí resolvimos conversarlo entre varios compañeros.

-Yo quiero ir a verla -dijo Delfina.

-Yo quiero tocarla -agregó Guido

-¡Una tirarera! ¡No puedo creerlo! –repetía Pilar, juntando sus manos como para rezar. De a uno fuimos hablando con algunos mayores; la mamá de Román fue muy clara:

–Las tirareras ¡no-e-xis-ten! Lo dijo así, cortadito, bien fuerte y bien clarito.

-¡No e-xis-ten! Y se enganchó con la computadora. El papá de Marina nos miró con cara de asombro, se sacó los lentes y nos preguntó:

-¿Una tirarera? ¿En la casa de Gerónimo? ¿No estarán mirando mucha televisión? Después, se volvió a colocar los lentes y siguió mirando televisión. El carnicero casi se desmaya; la cara se le puso roja y dijo “¡¿ti-ti-ti-ti-tirarera?!”-, se fue para la parte de atrás y no volvió hasta que nos fuimos.

Cuando pensaba eso recordé una frase que leí una vez en un libro: “Sólo un abuelo es capaz de esconder un secreto, o una tirarera”. Y allá fuimos todos a hablar con el abuelo de Javier.

Cuando le contamos que en casa teníamos una tirarera, le brillaron los ojos, se acomodó la garganta como para hablar y, sin decir ni una sola palabra, agarró su bastón y fue a buscar una caja de cuero. La caja tenía una cerradura que parecía muy fuerte, la abrió y sacó de adentro un baúl con tachas, lleno de polvo y cerrado con un candado más grande que el mismo baúl.

De otro cajoncito de madera sacó un libro muy viejito, o muy gastado. En la tapa alcanzamos a ver el dibujo de una tirarera y un título que decía: “Unos por llegar temprano y otros por quedarnos más tiempo”. Nos miramos todos sin entender nada.

El abuelo nos dijo algo así como: “Ustedes que todavía no han llegado y nosotros que ya pasamos hace tiempo”. No nos leyó el libro, pero nos dio permiso para leerlo nosotros, y como pudimos, tratamos de recordar todo lo que leímos.

Javier anotó: –Tanto tiempo has pasado hablando sin sentido, tanto tiempo escuchando coros de motores que no has conseguido oír el gemido triste de una tirarera pidiendo ayuda.

Gerónimoanotó: –Tanto has corrido atrás de los metales, tanto te han encandilado algunos brillos que has pasado demasiado rápido como para verla allí, sentadita en la raíz de un árbol.

Pilar escribió en una libretita: -Tanto has tocado muros, alambres, rejas, castillos y fortalezas que tus manos ya no pueden sentir la piel suave de una tirarera.

Cuando nos íbamos el abuelo nos dijo: Ellos –los del medio- no las ven, porque están muy ocupados mirándose al espejo, hablando por celular y comprando todo lo que les ofrecen.

Los adolescentes y los adultos no pueden ver las tirareras, porque están ocupados revisando su correo, lavando sus autos y mostrando sus pertenencias.

No las pueden escuchar, porque las bocinas, las alarmas y los caños de escape tapan sus canciones. Ven atardeceres en películas, hacen deportes en computadoras y observan la lluvia por televisión.

Están tan ocupados que no ven ni una rayuela en el piso, ni los arcoíris después de la lluvia, ni al hornero que acaba de salir de su casa en construcción por cuarta vez en la mañana. Están tan ocupados que no consiguen escuchar el paso redoblado de un ciempiés, ni la lluvia de verano golpeando contra los vidrios, ni el crepitar del fuego en la estufa recién prendida.

No consiguen darse cuenta de que las madreselvas y los jazmines se están peleando entre ellos para sorprendernos con su aroma, no se dan cuenta cuando un perro les dice “gracias”, pasan frente al mar, pero no lo ven, solo apuntan sus ojos hacia él, no reconocen el olor a tierra mojada que avisa que llega la lluvia.

Ellos no pueden ver las tirareras. Pero ustedes no se preocupen…

Muchos, cuando recuperen el tiempo perdido, encontrarán las llaves de los candados y llamarán a sus nietos para compartir las tirareras. Ustedes, mientras tanto… traten de no perderlas de vista.

junio 26, 2011 at 4:13 pm Deja un comentario

El caño de Gran Hermano

Por Marciano Durán

Yo no sé si me cambió el metabolismo… si me están apedreando las hormonas… o si los programas que miro en la tele me descontrolan la pituitaria. Supongo que es eso. Supongo que los temblequeos son de tanto mirar los caños y los grandes hermanos. Lo raro es que mi mujer también los mira, pero es como si no se diera cuenta de lo que ve, porque… –¿En qué pensás, Alcides? Estás como dormido con los ojos abiertos. Tenés cara de Gregorio mirando a Serafín García. –Ehhh… no, nada. Pensaba en Tinelli y en El Gran Hermano. En las mujeres que aparecen. Vos sabés que de tanto mirarlo… ¿cómo te voy a decir? Eeeh… de tanto mirarlo me dan ganas de invitarte a… esteee… a …no lo tomes a mal ¿no?… me dan ganas de invitarte… a lavar los vidrios del dormitorio. –¿Me querés decir… lo que yo creo que me querés decir? –¡Sep! –¡Sos un degenerado! ¿Para eso mirás televisión? ¡Cabeza podrida! –No Sandra, no. Pero esos programas están más salados que comer maní mirando ISAT los viernes a la medianoche. –¡Sssshhhh! Los niños no se han dormido. –Pero yo lo único que te propuse fue lavar los vidrios del dormitorio. –Estás enfermo, Alcides. No entiendo qué relación hacés entre una cosa y la otra. Por otra parte, parece que te olvidaste que los lavamos hace un mes. –¡Me acuerdo, Sandrita, me acuerdo perfectamente! ¡38 días, 19 horas, 15 minutos! Y a mí me parece que por culpa de la televisión estamos espaciando mucho la limpieza. No te digo una lavadita de vidrios por día, pero por lo menos no te hagas la Tabaré. –¿La Tabaré? –Sí, si por vos fuera festejabas todos los feriados en un solo día. Si por vos fuera, desfilábamos solamente el 19 de junio y nunca más. –Pero… ¿vos te viste el lampazo, Alcides? –¿Qué tenés que decir de mi lampazo? –Que tendrías que haber visto el de Meza cuando estaba durmiendo en la Casa del Gran Hermano, o el de Maxi bailando con la Calabró. –Te entiendo menos que a la Reforma Tributaria. ¿No era que vos mirabas esos programas para saber cómo bailan, o para estudiar cómo se relacionan las personas en una situación extrema? Eso me habías dicho, Sandra. –Sí, para eso los miro. Y gracias a que los veo me enteré de que hay distintos tipos de lampazos en los supermercados. Y de que me tenías engañada con que eran todos iguales. –¡Sosinjusta, Sandra! Sabés bien que lo importante no es el tamaño del lampazo, sino cómo se lo pasa por el vidrio. Y yo lo hago con gracia y agilidad. –¿Agilidad Alcides? ¡Lo tuyo no es agilidad, lo tuyo es velocidad! ¿Querés sinónimos? ¡Rapidez, apuro, precocidad! Así que mejor… tranquilizate viejo. –Está bien, yo me tranquilizo, pero entonces vos cambiá de canal, porque a mí esos programas me ponen nervioso. Vení, vení al baño y al dormitorio que te voy a mostrar una cosa. –Vos andás en algo raaaaro, Alciiiides. Creo que te estás tomando la televisión en un sentido degenerado que no tiene. ¡Pe-pe-pero!… ¿Qué hiciste en la ducha? ¿Qué es eso que ataste con alambres? –Es la filmadora de tu prima. Me la prestó y la até ahí para cuando te vayas a duchar. Pensé que… –¡Ni se te ocurra, degenerado! ¡Andá al siquiatra, morboso! ¡¿Cómo vas a pensar que yo…?! ¿Qué hiciste en el dormitorio? –Vení, acompañame. ¿Te acordás de que hace tiempo tenemos tirado en el pasillo del fondo el coso ese con el que tropezamos cada vez que pasamos? –No, no sé de qué me hablás. –De cuando cambiamos por la TV Cable. –Sigo sin entenderte, Alcides. –El caño de la antena, que ya no nos servía para nada. ¡Mirá…! –¡Pero vos estás para internar! ¡¿Cómo se te ocurrió amurar un caño en el medio del dormitorio!? –Te lo dije Sandrita. Como yo me di cuenta de que te gusta tanto, pensé que a lo mejor yo podría… –¡No pienses más! Yo lo que miro es el baile, los bailarines, la danza, la música, el vestuario, la coreografía. ¡Como todo el mundo! –Pero vieja… eso no es un baile, eso es un pericón. –¿Un pericón? –Sí, es un baile con relaciones. Él le mueve la pelvis en la cara, ella se agacha como para lavarse los dientes en un balde. Después hace como que se la va … –¡Callate, degenerado, que están los niños despiertos! –Los niños están mirando el baile del caño en el otro televisor. ¿Adónde vas? –A buscar la tarjeta del psicólogo que nos recomendaron para Martincito. Tenés que ir al confesionar… digo… al consultorio urgente. Vos tenés una fijación con el sexo. ¡Al loquero, al loquero con vos! ¡Semejaaaante televidente y no sabés diferenciar las cosas! Vos ves sexo donde los demás vemos arte. ¡Eso es el arte! –¡Helarte es cuando me tocas con los pies fríos de noche, vieja! ¡Los pies fríos, las manos frías, la cara fría! Lo único caliente de esta casa es el control remoto de la tele, de tanto pasar del 4 al 12 y del 12 al 4. –¡Mi madre me lo advirtió, Alcides! “Te vas a casar con un tipo que además de vago es un degenerado”. – Puede ser… puede ser, por ahí estoy un poquito zafado. Pero… ¿vos la viste a la Nazarena Vélez? –Sí, la vi… ¿Y? –Que yo la vi cuando se metía a la bañera y otra vez se me ocurrió lo de los vidrios. ¿Vos estás segura vieja de que no lo hacen con doble intención? –De lo que estoy segura es de que estás enfermo. –Sí, estoy un poco caliente. Debo tener fiebre. –Entonces acostate. Y hablá despacio, que la María Fernanda está contando lo del juguete que se llevó a la casa, y van a mostrar cuando Nino probó a ver si se daban cuenta que … pero… ¡mirá lo que me hacés decir! Andá a acostarte Alcides, andá que no estás bien. Acostate y descansá. –No puedo descansar. Desde que ponés ese programa, sueño que me encuentro con dos bailarinas. Todas las noches sueño lo mismo. –¿La Nazarenay la Calabró? –No. La Florencia y la Abigail. –¿Y qué te hacen en el sueño? –Lambadas… digo…no…esteee… es como una pesadilla. Sueño que las dos me introducen en esta nueva disciplina del baile. No sé, Sandra, no es que sea homofóbico, pero… ¿se les terminaron las mujeres? –¿Tenésalgo contra ellas? –¡Noooo, ni se te ocurra! Más bien es por los que bailan con ellas, o con ellos o como se diga. Me hacen acordar a Mazurkiewicz. ¡Cóoomo se colgaba del travesaño, Mazurkiewicz! ¿Vos estás segura de que las llevan por el arte y la danza y que no es para que la gente se ratonee? –Por supuesto. No hay diferencias con una mujer. –Hay una, vieja. Pero ¿sabés una cosa? me convenciste…me voy. –¿Adónde vas? –A mirar tele. -¿Qué vas a ver? –El Canal Retro, hoy pasan una de la Coca Sarli. –¡Vos seguí nomás, degenerado! –Estás errada Sandrita, yo a la Coca lo único que le miro… son las actuaciones. –¿Estás seguro de que lo único que le mirás son las actuaciones? –Sí. Las dos.

junio 6, 2011 at 8:45 pm Deja un comentario


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