¿Y si nos enteramos que somos racistas?

Por Marciano Durán

¡Qué maravilla de día!

¡Festejos del Día Nacional del Candombe, de la Cultura Afro-Uruguaya y la Equidad Racial, en este 2011 que coincide con el Año Internacional de los Afrodescendientes!

¡Qué oportunidad para plantearnos algunas cuestiones!

¡Qué momento para tirar sobre la mesa un tema que nos ocupa y nos preocupa!

¡Qué fantástica ocasión para invitarlos, para invitarnos, a reflexionar sobre una realidad que vamos postergando, porque pierde una y otra vez en el tratamiento público con la inseguridad, con el fútbol o con Video Macht!

Estoy hablando de racismo.

Veamos… los uruguayos nos ofendimos mucho cuando un inglés atrevido, entrometido, blanquito y rubión dijo hace unos días que Uruguay es el país más racista del mundo.

Y como si fuera poco, el británico osó meterse con Luis Suárez, nuestro jugador estrella que hizo cuatro goles en un solo partido. Y no sé qué nos dolió más, si que se haya metido con Luisito o que nos haya acusado de racistas.

¿Cómo que somos el país más racista del mundo? Pero… ¿este tipo no escuchó hablar de Artigas que tenía un amigo negro, de la celeste que silenció al Maracaná de la mano del negro Obdulio? ¿Pero este tipo no sabe que Ruben Rada es casi un héroe nacional?

Después descubrimos que este señor -el ex diputado inglés George Galloway- además de decir que Uruguay es “el país más racista del mundo entero” también dijo que “los uruguayos blancos aniquilaron a los nativos” de estas tierras. Y que la población de nuestro país “está conformada por blancos, porque aniquilaron físicamente a los nativos y se aseguraron que ningún esclavo liberado del resto de América pudiera establecerse en su país”.

Capaz que si lo hubiera dicho Gerardo Caetano o Pivel Devoto uno podría llevarlo.

¡Ta’ feo que te lo digan desde Inglaterra!

Un inglés acusándote de racista es casi casi, como un cocodrilo diciéndote que tenés la boca grande.

Pero ahí está. Está dicho. En todo caso habrá que salir a desmentirlo. En todo caso habrá que saltearse Salsipuedes y otros acontecimientos y contestarle. En todo caso estas jornadas de festejos deberían servirnos para empezar a aceptar que los uruguayos discriminamos. Y por varios motivos: por la orientación sexual, por ser viejo, por ser joven, por ser gordo, por ser mujer.

Y cuando aceptemos que somos discriminadores, tal vez ese día podamos comenzar a encontrar respuestas a tanta pregunta con que se despachó el inglés.

Convengamos que los negros desde los inicios de la patria, desde los orígenes de la esclavitud han sido identificados con los espacios de servicio. Llevan los afrodescendientes un sello en la frente. Cultural, histórico y profundamente discriminatorio que determina que con el devenir de los años hayan llegado a los trabajos de menor jerarquía y menor retribución.

A la dificultad puntual de un afrodescendiente intentando acceder al sistema educativo o laboral, debe agregarse que ha estado acumulando desventajas socioeconómicas a lo largo de generaciones. Ustedes lo saben, ¿cuántos médicos negros los han atendido en los últimos meses en su ciudad? ¿Cuántos negros atendieron a los enfermos de Punta del Este desde Aramís Ramos a la fecha? ¿Dónde están los arquitectos? ¿Dónde los abogados negros de Maldonado? ¿No es que los afrodescendientes son el 10 por ciento de la población? ¿No debería haber un cardiólogo negro de cada diez? O no pudieron acceder a nuestro sistema educativo o desertaron mucho antes de llegar a la universidad.

Estudios coordinados por la sicóloga Susana Rudolf integrante de la Cátedra de Salud de la Facultad de Sicología dan cuenta que en muchos comercios no toman negros como vendedores. En otros tantos no les permiten probarse la ropa que van comprar y en los comercios de autoservicios los sistemas de seguridad observan expresamente y siguen a los negros durante su permanencia en el local.

Digámoslo con todas las letras: nuestro país discrimina. Pero nadie se asume racista.

Más de una vez en Punta del Este, en mi anterior ocupación a la hora de contratar a una mujer para el servicio doméstico, las instrucciones que recibíamos eran: “que tenga experiencia, que sea simpática y que tenga buena presencia”. Cuando queríamos definir lo de buena presencia, la respuesta siempre era la misma. “Bien arreglada y que no sea negrita”. Así, en diminutivo, para que duela menos cuando se dice. Para que le duela menos a la que lo dice.

Tomemos las palabras de Juan Fernández Romar, Profesor de Psicología Social de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República: “En Uruguay más de la mitad de los afrodescendientes menores de edad viven en situación de pobreza, presentando además menores posibilidades o condiciones de acceso a la educación y al sistema de salud que los blancos”.

El último censo nos dará datos más precisos, igualmente podemos manejar algunos números. El 10 por ciento de los uruguayos es de origen afro. 300.000 en números redondos.

El 40% de ellos vive en barrios periféricos y asentamientos irregulares de Montevideo.

La mitad de los afrodescendientes que viven en el interior se concentra en Artigas, Rivera, Paysandú y Salto, y en Cerro Largo y Tacuarembó. Sólo el 28,1% de la población de ascendencia blanca del interior vive en estos departamentos que, además, son los que tienen menor ingreso per cápita.

La segregación residencial y la alta tasa de natalidad, pero con una esperanza de vida disminuida con respecto a la población total, son dos de los indicadores más relevantes de las condiciones de vida de los afrodescendientes, según el informe elaborado para el MEC por la experta en exclusión, inclusión y ciudadanía Laura Da Luz Martínez.

En el mercado laboral la discriminación queda en evidencia en el salario y en las oportunidades que tienen los afrodescendientes: 37% está ocupado en trabajos no calificados y ganan 40% menos que un trabajador blanco.

El Uruguay es un país que discrimina, pero que en los últimos años observa un retroceso en ese sentido. Retroceso que llega a la luz de algunas políticas públicas y de la fuerza que implica el reclamo colectivo de los afrodescendientes. Acá nadie te regala nada.

Y… ¿por qué plantearlo en este día y a esta hora? Porque creemos que debemos conversar más de estos temas. Porque este es un buen lugar para reconocer cuál es el problema.

Porque es necesario decir con claridad que los afrodescendientes en este país no tienen las mismas posibilidades que los blancos de asegurar sus derechos, de hacerlos efectivos, en este caso derechos culturales.

Hace unos meses, nuestro intendente de Maldonado dispuso la conformación de la Unidad de Carnaval, proponiendo su funcionamiento durante todo el año. Estamos trabajando fuertemente con Hugo Tort y con el resto de los compañeros para que la Unidad de Carnaval se transforme en la herramienta de cambio social que comience a investigar, considerar y modificar estas realidades.

Nuestra intención entonces es desarrollar acciones que la Casa de la Cultura Afrouruguaya ha asumido como tarea principal. “Desarrollar líneas de acción vinculadas con la investigación, recuperación y archivo del acervo cultural afrouruguayo, así como con la promoción y difusión de sus costumbres, valores y creencias, que han sido constitutivas y fundantes de la cultura uruguaya”.

Todo esto, conscientes de que la Unidad de Carnaval es una estupenda herramienta, pero es insuficiente como para promover otras manifestaciones culturales como el teatro, la plástica o la literatura.

Conscientes que no es el carnaval el único espacio donde dar la pelea. Porque subsiste en nuestro país una segunda franja de discriminación: la que permite, promueve y estimula la participación de los afrodescendientes en el carnaval y en el deporte (mientras tanto no participen de la misma cola en la que estamos buscando un empleo.)

Hace unos días el guatemalteco Julio Solórzano, nos hablaba de una ley que proponía cortarle la mano a aquel que robara pan, pensando que de esa manera se hacía justicia.

Pero… ¿los ricos no roban pan? Lejos de conseguir la justicia pretendida la brecha se amplió. Ahora además de pobres, habría pobres mancos.

Ayer nomás, escuchábamos en una radio a un “periodista” que decía con total desparpajo, que la culpa de la segregación hay que buscarla en los propios negros que se agrupan y se segregan ellos mismos. Esta persona decía que la discriminación nace de esos gestos y de esos reagrupamientos.

Ese es el debate a dar.

Entonces la pregunta para finalizar es: ¿Y si de una vez por todas asumimos que somos racistas? ¿Y si a partir de asumirlo actuamos en consecuencia?

Trabajemos en el carnaval. Y trabajemos mucho más… fuera del carnaval. Los negros siguen estando en Uruguay en la base de la pirámide de Maslow. Sus prioridades siguen siendo respirar y alimentarse. Será difícil que se propongan otros objetivos. El acceso a la educación… es la clave. ¿Podrán dar la batalla, solos?

Estemos atentos, conversemos, discutamos, propongamos y mientras lo hacemos los invito a disfrutar de las lonjas. Que los tambores nos despierten. ¡Feliz Carnaval!

N. de R. Palabras pronunciadas por Marciano Durán, Director de Cultura de la Intendencia de Maldonado, al celebrarse el 3 de diciembre el Día Nacional del Candombe, de la Cultura Afro-Uruguaya y la equidad racial, fecha en que se realizaron las clasificatorias de comparsas para el Carnaval 2012 de Maldonado.

diciembre 15, 2011 at 5:52 pm Deja un comentario

AUTOELIMINAR O AUTO-ELIMINAR, ESA ES LA CUESTIÓN (*)

Por Marciano Durán

Hola abuelito—dijo Mateo sentándose en el piso, como hacía cada noche al llegar a su casa- cuéntame abuelito la historia que me prometiste.

El anciano de barba gris hasta el pecho y de manto azul hasta el suelo, asintió con la cabeza y acomodó su garganta como si fuera a cantar.

–Bien- dijo con voz y tono de abuelo. ¿Qué es lo que quieres saber de aquellos años tan, pero tan lejanos?

–Todo. Cómo llegamos acá. Cómo empezó todo. Qué nos pasó. Cómo nadie se dio cuenta -contestó Mateo, desparramando dudas por toda la habitación.

–¡Es que yo era muy pequeño! Tengo pocos recuerdos propios. Fueron mis padres los que me contaron cómo empezó. A ver, estamos en el 2093… no me da la memoria para tantos años- dijo riendo y despeinando con su mano la cabecita de Mateo.

–Pues…. ¡A contarlo abuelo, a contar lo que recuerdes!- gritó el niño, desafiando la sordera de su abuelo.

–Bien…el siglo XXI había comenzado hacía poco. Las comunidades convivían en relativa paz y nadie parecía advertir lo que vendría —dijo el anciano mientras apoyaba su mate en el suelo.

–¿Qué quiere decir que nadie parecía advertir lo que vendría? -preguntó Mateo sin quitar sus ojos de los ojos de su abuelo.

–¡Qué nadie se dio cuenta! ¡Nadie! Estaban muy ocupados haciendo algo. Ni siquiera los que se daban cuenta de todo, se dieron cuenta. Existía un aparato (ya te conté eso) al que le decían “televisión”. Por ese aparato que todos miraban, en unos espacios que llamaban “informativos”, un hombre y una mujer le contaban a los demás lo que había pasado en el día.

–¿Por ese aparato?

–Por ese aparato. Y allá por el 2010 o el 20 los choques entre vehículos empezaron a adueñarse de las noticias. Hablaban de robos, de drogas, de choques y de fútbol.

–¿Qué era el fútbol, abuelo?

–Eso te lo cuento otro día. Lo que quiero que sepas ahora es que esta pareja informaba sobre los accidentes y como si fuera un parte de guerra, daban cuenta de las bajas producidas.

–¿Y ahí se dieron cuenta?

–No. Es más, los fines de semana largos hacían reportes con el número total de caídos.

Y la gente se asombraba.

Y la parejita reclamaba medidas urgentes.

Y todos decían que el problema del tránsito era cultural.

Se indignaban cuando se enteraban de que el choque había sido por culpa de unos aparatos llamados teléfonos celulares, pero todos seguían usándolos mientras manejaban.

Cuando moría una persona importante, reflexionaban durante uno o dos meses.

Eran tiempos en que aún crecían los árboles en las aceras.

–¡¿Árboles en las aceras!?- interrumpió Mateo.

-Sí. Y los peatones cruzaban las calles.

Pero la gente empezó a comprar más y más autos y a regalarles más y más motos a sus hijos.

Si llenabas el tanque del auto te regalaban una moto.

Si llenabas el tanque de la moto te pagaban la cuota del auto.

El negocio no era el auto ni la moto, el negocio era el combustible.

Ellos te regalaban el envase y vos tenías que vivir para llenarlo.

–¿Y a dónde iban en auto?

-En algunas ciudades del Uruguay los matrimonios con más de quince años de casados, cuando se aburrían, se iban a la entrada de la ciudad y allí tomaban mate dentro de sus autos viendo pasar otros autos.

No te rías de lo que te voy a contar, pero algunos se ponían de espaldas al mar o al río y de frente a la carretera.

Así empezaron y nunca más pudieron volver atrás.

Un día, alguien dijo en voz alta “¡No puede ser! ¡Tengo que dejar el auto a dos cuadras para llegar al banco!” ¡Y saz! Un edil lo estaba escuchando y …

-“Se pone a votación la propuesta del edil Cañete: instruméntese con el Banco de la República la creación del BancAuto para poder entrar al banco con auto y todo. 29 votos en 30 afirmativo”.

Y perdió el de la bicicleta…

–¿Y por qué los clientes de los bancos no tenían lugar para estacionar?

–Porque el lugar lo ocupaban los autos de los empleados y del gerente del banco. No Mateo, te dije que si te reías no te contaba nada.

A las tiendas y a las oficinas les pasaba lo mismo. Los vehículos de los empleados no les dejaban lugar a los de los clientes. Incluso en una ciudad del interior, el director de Cultura dejaba su auto frente a su oficina, todo el día.

–¿Y?

–Que ahí confirmaron que el problema del tránsito era cultural.

–¿Y el banco?

–El banco funcionó bárbaro. Los autos entraban por una rampa y a la derecha se encontraban con un largo mostrador a la altura de la ventanilla. Bajando el vidrio cobraban sus cheques y hacían sus depósitos.

Los ediles eran automovilistas, los concejales y los alcaldes también.

Y hasta los inspectores y el director de Tránsito de la Intendencia eran automovilistas.

Los automovilistas y los motociclistas -contentos con los cambios que comenzaban a tener en sus ciudades- pensaron que debían incidir más en los partidos políticos.

Así que se presentaron a las elecciones y el PAU (Partido Automovilístico del Uruguay) y la AMU (Asamblea de Motociclistas Uruguayos) consiguieron una buena representación en diputados y senadores en una de las elecciones de mediados de siglo.

–¿Y todo el mundo hacía lo mismo abuelo?

–No, unos pocos íbamos en sentido contrario. El día que las bici-sendas fueron transformadas en moto-sendas, los ciclistas empezaron a preocuparse.

El único tránsito lento por esos tiempos era el intestinal y para cruzar la calle los peatones debían organizar grupos de cincuenta y hacerlo cada hora justa.

Un día y sin previo aviso los automovilistas resolvieron regular la tasa bruta de mortalidad por mano propia, por lo que los peatones tuvieron que colocar puentes colgantes de piolas para poder cruzar de una manzana a otra.

Pero ya era tarde.

El PAU llegó al gobierno y la AMU fue su principal oposición.

-¿Y los demás, abuelo?

–Los demás éramos muy pocos y solo aparecieron algunas respuestas casi clandestinas. Reuniones secretas de peatones, pintadas contra el régimen, pequeñas manifestaciones de ciclistas, volanteadas y poca cosa más.

Los graffitis aparecieron en los muros de las ciudades:

“Autoeliminar o auto-eliminar… that is the question” decían algunos muros.

“Habrá calles pa’ todos o patadas” decían otros.

“Automovilista: tenemos paciencia para esperar. Apenas bajes del auto serás peatón” se leía en otros muros.

Con los votos de sus diputados y de sus senadores las ciudades empezaron a cambiar en serio. Con lo que se ahorraron en semáforos y carteles de PARE se eliminaron las veredas y pudieron ensanchar las calles.

Las plazas se convirtieron en playas de estacionamiento de autos y motos y a las rotondas les bajaron el cordón para poder atravesarlas sin girar.

Y lo peor de todo… se instalaron peajes para peatones.

“U$S 0,50 niño, U$S 1 adolescente, U$S 1,50 adulto, U$S 2 embarazada”, decían los carteles.

Los peatones hacían cola y dejaban su aporte en cabinas hechas con autos atravesados a lo ancho de la calle. Con lo recaudado se construían nuevas autopistas en la ciudad.

Después, se promulgó una ley por la que se obligó a los peatones a andar matriculados y pagar una patente anual.

Se les colgó del cuello una chapa con un número y se les obligó a pagar todos los años en su respectiva intendencia.

Pero no hubo acuerdo.

Fue por esos años que se desarrolló lo que se conoció como “La Guerra de las Patentes”. Se produjeron decenas de miles de muertos debido a la diferencia de precio en los distintos departamentos del país.

A partir de ahí, los peatones se convirtieron en ciudadanos de quinta categoría, con menos derechos que un caballo.

El único respaldo lo encontramos en la “Sociedad Protectora de Peatones” que competía con poco éxito con la Protectora de Animales.

–¿Y ahora abuelo?

–Ahora nada mi amor. Ahora estamos acá desde hace 30 años. Tú naciste acá.

–¿Yo nací en la Isla Gorriti?

–Sí Javier, y otros nacieron en las cuevas de las Sierras de las Ánimas, algunos quedaron en las islas del Río Negro, hay un centenar de peatones y ciclistas en los Mares de Piedra en San José, una treintena más en la Isla de Flores, una docena en las grutas del Arequita y algunos más viviendo en barcos frente a Colonia. No somos más de mil.

–¿Lograremos sobrevivir abuelo?

–Difícil, Mateo, difícil; cada vez están más cerca, están más cerca, más cerca, más cercaaaaaaa……

………………………………………

–Viejo, viejo, despiértate, estás hablando sólo- dijo la mujer sacudiendo a su marido en la madrugada.

–¿Qué, qué pasó?- gritó el señor de bigotes sentándose en la cama.

–No sé, hablabas, te quejabas, movías las manos como manejando un auto, gritabas que cada vez estaban más cerca. Mejor levántate Máximo, hoy tienes el Encuentro de Directores de Tránsito en la Intendencia y vas a llegar tarde.

(*) Texto leído en el Encuentro Nacional de Directores de Tránsito de Uruguay, realizado en Maldonado el 30/9/11 (por invitación de Máximo Oleaurre, director de Movilidad Ciudadana de la Intendencia de Maldonado)

octubre 20, 2011 at 4:33 pm Deja un comentario

Un urug…, un Marciano en Europa (Capítulo II)

Contratapa

 

Madrid- Barcelona, mi segundo vuelo

¡Me caigo y no me levanto! ¡Barajas! ¡Esto sí es un aeropuerto y no la porquería que tenemos en casa!

No podía creer lo que estaba viendo, las escaleras mecánicas se cruzaban y tenías que hacer combinación en ellas como si fueran ómnibus. Bajabas de una escalera y una cinta te llevaba un kilómetro para adelante sin mover los pies. De ahí a un ascensor, y del ascensor a un tren que corría por abajo del aeropuerto. De ahí a otra cinta de dos kilómetros, y de la cinta a otro tren sin conductor.

–¡Y nosotros le decimos aeropuerto a lo que tenemos en Carrasco, Mabel!

–Recién salimos, Pandolfi, aflojale con las comparaciones porque el viaje va a ser interminable. Es lo primero que vemos afuera de Uruguay y ya arrancaste con las comparaciones. Cada país tiene su aeropuerto ¿tá? -y me metió una pesada de aquellas.

Con el paso de los días y de las ciudades me daría cuenta de que tenía razón. No podía andar comparando la Torre de Pisa con la Torre del Vigía, el Coliseo con la Plaza de Toros de Colonia, el Arco de Triunfo con la Puerta de la Ciudadela, o los canales de Venecia con el canal cuatro o el doce. Cada cosa en cada lugar.

Yo sé lo que me pasó. Que me entró el agrande que le entra a algunos que pasan un año afuera, y cuando regresan todo les parece chiquito e insignificante. De cualquier manera, el freno de mano me lo pusieron en la garganta, así que anoté en la misma libretita del avión “ojo: a la bruja le caen mal las comparaciones”.

Una hora después de cambiar de nivel, de sección, de plataforma, de sector y de pasajes, llegamos hasta el lugar donde cambiábamos de avión para tomar el que nos llevaría a Barcelona. Me acerqué a una oficina de información para no hacer cola al santo botón. Para romper el hielo se me ocurrió un buen chiste.

–¡Y sí, al final me fui a Barajas! Tenía poco, ¿vio?

–Pasan setenta y cinco mil personas por día por este aeropuerto- me dijo con acento gallego y mirándome fijo a los ojos – El cuarenta por ciento dice día tras día la misma estupidez. Hoy ya me lo dijeron diecisiete mil gilopollas antes que tú. ¿Tienes otra pregunta para hacer, o has venido hasta aquí solo para que te deporten?-. Y giré sobre los talones, porque vi que la mano venía torcida. Le iba a decir que no se hiciera el sota, pero calculé que ahí me pasaban a la piecita. Preguntamos a otras personas sin mencionar el chiste de las barajas, porque calculé que esto iba a estar lleno de agentes de particular. Pensé mil veces en decirle a la bruja que aquello era un poquito más grande que Tres Cruces… y mil veces me arrepentí a tiempo. Cuando me imaginé a la Terminal de Tres  Cruces, recordé a mi patria querida.

–Vieja, no me vas a creer, pero empiezo a extrañar el viento de la rambla en la cara, el bullicio de la feria de Tristán Narvaja, el ruido que hacían las botellas de Conaprole, y el olor del frigorífico de Las Piedras. Mirá, vieja, extraño el veinticuatro de agosto. Empiezo a tener nostalgia de la Noche de la Nostalgia. ¿Te das cuenta? ¡Solo en el paisito puede pasar esto: tengo nostalgia de tener nostalgia! – mi mujer ni siquiera se molestó en contestarme. Se limitó a indicarme la puerta de embarque para tomar el avión que nos llevaba a la próxima ciudad.

El avión era más chico que el anterior. Incluso me resultó algo pequeño para lo que yo estoy acostumbrado. Apenas nos sentamos aparecieron las señoritas a hacer en el pasillo el baile de Macarena. Miré a un tipo con cara de boliviano que anotaba en una libreta lo que las señoritas iban diciendo.

–No mires para atrás -le dije a mi mujer- Hay un tipo que anota todo lo que dicen -y me dormí por las dos o tres horas que duró el vuelo.

Al despertar, el despiste era total. El despiste mío. No tenía ni idea de la hora. Ni la de España, la de Paso de los Toros, la de Kuala Lumpur, y mucho menos la del avión. Hasta donde pude entender, salimos de Montevideo a las catorce horas, y pasamos toda la tarde y toda la noche viajando. O sea que serían las seis de la mañana. Pero como había diferencia horaria con la madre patria que nos parió, ahora, de un saque, eran las once de la matina.

No solo que no había dormido bien, sino que además me afanaron cinco horas. Mi cabeza se negaba a entender este asunto horario. Peor aún: mi cuerpo desconocía esta historia de viajes y relojes, y poco a poco empezaba a buscar cama.

–¿Quién me devuelve las cinco horas que me afanaron?

–Cuando volvamos las vamos a tener otra vez.

–¿Y si me muero en Europa?

–No te vas a morir, Pandolfi. Vinimos a pasear, no a morirnos.

–Pero me puedo morir. Es más, tengo la sensación de que en las cinco horas que me robaron se me iba a ocurrir una idea buenísima que iba a cambiar nuestra vida ¡Podía haber cambiado el mundo con una buena idea! ¡Y me afanaron la posibilidad! Imaginate que en esas cinco horas yo me hubiera planteado… Por ejemplo: divorciarme. Imaginate que justo a las siete de la mañana, hora que no tuve el placer de vivir, decidía empezar a tocar la paira en una orquesta tropical. Imaginate que a las siete de la mañana se me ocurría cambiarme de sexo o poner un kiosco en Pirarajá. Imaginate que…

En ese momento me di cuenta de que estaba hablando con una señora japonesa, bastante más baja que mi mujer, que me miraba como pidiendo disculpas por no entender lo que le decía. Miré a lo lejos y alcancé a ver a Mabel parada frente a unas enormes cintas donde pasaban valijas.

¡Ése era nuestro primer desafío europeo! Escuchamos miles de anécdotas de personas a las que les perdieron las valijas, y tuvieron que esconderse atrás de las columnas y correr desnudos de baño en baño de los aeropuertos, hasta que les mandaron dinero para comprar ropa.

“¡Ahí está la clave del viaje!”, me había dicho mi tío antes de salir. “Tienes que estar muy despiertito en el momento que empiezan a pasar delante de ti. Pestañeas y se te escapan”. Resolví manotear todas las que se parecieran a las nuestras. Un amigo nos había aconsejado que le pusiéramos una cinta roja atada para poder identificarlas.

Había dos posibilidades: o le dijo lo mismo a todos los que iban en ese vuelo, o esa idea estaba más usada que la Ley de Lemas. ¡Todas las valijas que aparecían por la cinta sin fin tenían una cinta roja! Así que descargué la casi totalidad del equipaje del avión, y al grito de “¡ésa es mía, infeliz!”, uno a uno me iban quitando las valijas de las manos, hasta que quedaron solamente dos girando sobre la cinta. La encontramos por descarte.

octubre 3, 2011 at 8:39 pm Deja un comentario

Un urug…, un marciano en Europa

Capítulo I
Montevideo-Madrid
Volando por vez primera

Nunca imaginé que llegaría este día. Los nervios me hacían transpirar los dedos y parecía que la valija se me iba a escurrir de las manos. Había soñado mil veces que la valija se me abría en pleno aeropuerto y quedaban a la vista mi ropa interior y mis calcetines. Mi madre me advirtió desde chico que los calzoncillos son cosa privada.
Mi mujer apretaba la cartera con todas sus fuerzas, siguiendo los consejos que nos dieron unas amigas que viajaron antes que nosotros.
“¡Te van a querer robar, todos te van a querer robar!”, nos dijo una señora que viajó el año pasado a España. Así que yo me puse una especie de cinto con bolsillos por dentro de la ropa, donde acomodé los euros que habíamos comprado para el viaje. Coloqué algo de los pesos uruguayos que teníamos para la vuelta en los bolsillos con botones del pantalón, y otro poco en las medias, uno nunca sabe.
Mi mujer se metió los dólares en el soutien, las tarjetas de crédito en la bombacha, los euros de cinco en la cartera, los de veinte en el bolsillo de adentro de la valija, y los de cien en el estuche de los lentes. Porque nos van a querer robar.
–El ladrón va a tener que encontrar nueve escondites– le dije a mi mujer, sentado en el hall del aeropuerto de Carrasco.
–Diez– dijo la santa -dentro de los “Siempre Libre” puse los billetes de cincuenta.
–¡Qué lo parió, Mabel, es el aeropuerto más grande que he pisado en mi vida!– dije mirando el techo y cambiando de tema.
–No te hagas el importante que nadie te está escuchando. Lo más parecido a aeropuerto que hemos visto es el campo de aviación de la Ruta 11 en Canelones.
Lo que siguió fue un interminable sellado: “deme el papel” y “tome el pasaporte” y “¡por ahí nooo!” y “agarre la valija” y “tome este sello” y “¡cuando yo le aviseee!” y “firme acá” y “deme la cédula” y “colóquese ahí” y “todavía nooo”, que finalmente terminaron con nuestros cuerpos en una especie de túnel que nos llevó directo al avión.
¡El avióoon! ¡No te pueedo creeer! Era el primer avión de mi vida, así que me propuse disimular que nunca había subido a uno.
Paradita en la puerta, como huevo en la heladera, una azafata nos esperaba para darnos la bienvenida.
–”Gumorni, ¿jaguaryu?”– le dije, siguiendo las instrucciones de mi tía que una vez viajó a Europa.
Se ve que era de ésas que no manejan bien el inglés, porque no entendió lo que le dije.
¡Uno a cero! ¡Arranqué ganando con el asunto del idioma! ¡Esto va a ser muy fácil!
Avancé por el pasillo tocando los asientos, los portaequipajes, y hasta me detuve extasiado frente a la puerta del baño. Caminaba mirando hacia el fondo del avión y sin bajar la cabeza iba tocando todo. Tocaba cada tapizado, cada posa brazo, cada respaldo, cada picaporte… ¿Picaporte? ¿Acá un picaporte?
–Largando– dijo el copiloto– Largando que estoy trabajando.
-¿Te sentís bien, viejo?- preguntó mi mujer, que por suerte no se dio cuenta de lo que había pasado- ¿Necesitás algo?
–Ventanilla– le contesté– Buscá ventanilla.
Y corrí por el pasillo, como cuando era niño y subía al tren que iba a Rivera.
–Los pasajes están marcados, nos toca lo que nos toca– me gritó mi mujer desde atrás.
–¡No, Mabel, no! Como en la Onda, meté cuerpo, vieja, meté que allá hay una libre. Y me senté junto a la ventanilla.
Lo increíble es que estos aviones modernos vienen con tres asientos pegados, por lo que un tipo se nos quedó metido en el del medio, como una especie de butifarra entre dos panes.
–¡Mabeeel! ¡La ventanilla no da ni para empezar!
–No te escucho, viejo, porque prendieron el motor.
–Señor, disculpe, ¿podría decirle a mi mujer que esta ventanilla es muy chica? Por favor, dígale que tengo que juntar cuatro ventanillas de éstas para hacer una como la del tren. Pregúntele, don, pregúntele si sabe cómo se abren. Estoy transpirando y todavía no hemos arrancado.
–No se abren, señor– me dijo más seco que inspector de tránsito.
–Pero ¿usted le preguntó a ella, o desde aquí hasta España va a opinar por mi mujer?
–No, señor– me dijo– no le pregunté, pero le aseguro que las ventanillas de los aviones no se abren. Si se abrieran nos moriríamos todos por la presión.
–¿Qué presión? ¿Recién subimos y usted ya se está dejando presionar por las compañías de aviación? Dígale, por favor, a mi mujer que para entender lo de afuera hay que juntar cuatro ventanillas. ¿Trajo algún refuerzo?
–No, señor, no traje y le pediría que…
–Le pediría que no hable por mi esposa, señor. Pregúntele a ella si me trajo un refuerzo.
Finalmente, no sé por qué, el tipo invitó a mi mujer a cambiarse de asiento.
¡Pegadito a Mabel y con ventanilla para mí! Ahora sí. ¡Allá vamos, Europaaa!
No sé cuándo fue, pestañeé, algo me perdí y de golpe varias azafatas se pararon en el pasillo y, como si fuera un informativo para sordomudos, empezaron a hacer señas bastante extrañas.
–Atendé– le dije a mi mujer- Están explicando qué tenemos que hacer si nos vamos a pique. Si a los demás no les interesa… paciencia.
Como la mayoría seguía conversando y a mí me dio vergüenza ajena que las mujeres hablaran y nadie las atendiera, pegué el grito:
–¡Después no me pregunten! ¡El que no atienda, después que no pregunteee!
–¿Por qué no te callás?– me dijo un veterano de gabardina grisecita que estaba sentado adelante.
–Porque vos vas a ser el primero que va a venir con el cantito: “¿De dónde se tiraba la piolita para inflar esto?”, y yo voy a dejar que te hundas por atrevido. Siga, señorita, siga y disculpe- dije girando la cabeza hacia la azafata. Nunca falta un desubicado. Por suerte, por el acento no era uruguayo.
La chica siguió explicando lo de la mascarilla de oxígeno, pero yo me distraje mirándole las piernas y tuve que pedirle que repitiera.
–Señorita, ¿puede explicar de nuevo lo de la bolsita? Estoy anotando y no me da la velocidad para escribir.
–¡Sentate, ridículo!– me gritó desde el fondo uno con acento porteño.
–¡Ojalá nos vayamos a pique y vengas a pedirme para leer la libreta, vivo!– y para no tener problemas para entrar a España, resolví quedarme callado y sentado.
El avión empezó a moverse. No podía creer la velocidad que iba tomando en la pista. ¡Ochenta kilómetros por hora! Por lo menos.
La mesita para adelante, como me pidió la señorita, el asiento bien derecho, el celular apagado, los ojos que parecía que se me iban a salir de la cara, y el cinturón apretadito. Apretadito tenía todo. Incluso por unos segundos se me vino a la mente una varilla de ocho.
El avión carreteó y yo empecé a sacar fotos de todo lo que se movía.
Me abracé a mi mujer, porque la emoción me superaba. Cuando noté que nos empezábamos a inclinar manoteé la libreta donde tenía anotado todo lo que dijo la señorita.
–¡Volamooos! ¡Estamos volandooo! ¡Mireeen, estamos en el aireee!
Empecé a ver las casitas, las canchas de fútbol, Carrasco, las piscinas, la playa, el mar.
–¡Uruguay nomá! ¡Uruguay que no ni no!– fue lo único que se me ocurrió gritar por la emoción.
–Achicá un cacho que falta una eternidad- me dijo el flaco con voz de porteño.
Lo ignoré y volví a mirar por la ventanilla, a ver si conseguía comprobar la forma de corazón que dicen que tiene el paisito. Nada. Miré y miré. Nada.
–Forma de chicharrón– le dije a mi mujer.
–¿Que qué?— me contestó preguntando.
–Nada– le dije y me callé la boca, porque empezábamos a atravesar las nubes.
Me emocioné de verdad, le agarré la mano y casi se me caen las lágrimas. ¡Estábamos en el medio de las nubes! ¡Cómo en las películas!

septiembre 10, 2011 at 10:39 am Deja un comentario

HAY ALGO DEBAJO DE MI CAMA

Marciano Durán

Al principio pensé que había quedado la tele prendida. Pero no. Estaba apagada. Hace días que me pasa lo mismo. Es decir… hace noches que escucho ese ruidito y no consigo darme cuenta desde dónde llega. El tema es así: después de acostarme, me parece escuchar un ruidito que viene de abajo de mi cama. Es un ruidito finito, finito como el chillido de una puerta. Es un ruidito chiquito, chiquito como una estrella en el cielo. Es un ruidito raro, raro como la voz de un dibujito animado.

Es un ruidito largo, largo como una carretera interminable. Solo aparece cuando apago el televisor y mis padres se duermen. El ruidito empieza muy tímidamente, pero al rato es imposible dejar de oírlo. Por momentos, hasta me parece escuchar pequeños pasitos cerca de la mesa de luz. El otro día me animé y le pregunté a mi amigo Mateo (que sabe más que yo) si a él le había pasado alguna vez. Puso cara de preocupación, arrugó la frente y agarrándose el dedo de señalar me dijo:

-Uno: puede ser un celular que se está quedando sin batería.

Yo le dije: ¡Nooo! No, Mateo, no puede ser, porque el ruido que yo siento es finito, finito… Creo que no me entendió, porque enseguida se agarró el dedo más grande y moviéndolo me dijo:

-Dos: pueden ser ratoncitos trayendo dientes.

–¡Nooo! No, Mateo, no puedo creer que haya ratones esperando que se caiga un diente, además, el ruido que yo escucho es chiquito como una estrella en el cielo- le contesté. Otra vez puso cara de no entenderme y levantando el dedo en que mamá usa el anillo dijo:

-Tres: pueden ser los Reyes Magos que… ¡Nooo! ¡No, Mateo, no!

Y levantando ahora mis dedos le dije:

-Uno: porque estamos en mayo; dos: porque los Reyes Magos no caben debajo de mi cama y tres: porque el ruido que yo siento es raro y largo. A la noche, mientras pensaba en hablar con papá y contarle lo del ruidito, el sueño empezó a llegar lentamente.

No sé muy bien a qué le tengo miedo, lo que sí sé es que no me gustan las películas de terror ni la oscuridad. No me gustan los monstruos, ni los zombis, ni los fantasmas. Pero a este ruidito nunca le tuve miedo. Ha de ser porque no es un ruido feo… es simplemente un ruido finito, chiquito, raro y largo. Al día siguiente, fuimos con Mateo a hablar con Candelaria.

-Sí. A mí me ha pasado muchas veces- nos dijo Candelaria. Es un celular que se está quedando sin…

-¡Nooo! – gritamos a dúo con Mateo- te dijimos que el ruido es chiquito y finito. -¡Un MP3! ¡Es un MP3 que quedó prendido!- contestó Candelaria, y no había terminado de hablar cuando nuestros gritos la volvieron a interrumpir:

-¡No, Cande, no! Te dijimos que el ruido es finito. Cuando nos quiso explicar que podía ser un ratoncito, tuvimos que decirle que los ratoncitos no hacen ruidos raros y largos como una carretera interminable. El ruido siguió apareciendo noche a noche, pero nunca me animé a mirar para abajo de la cama… hasta que por fin se me ocurrió una estupenda idea: Invitar a Mateo y a Candelaria a dormir en casa. Cuando se apagó la luz que venía del comedor, aparecieron las formas de animales en las cortinas y en las paredes.

Y aparecieron la silla y la mochila, y ahora, las mochilas de Mateo y de Candelaria, y cuando estaba a punto de quedarme dormido alcancé a escuchar el ruidito finito y chiquito. Esta vez no tan chiquito. Le toqué el brazo a Mateo y Mateo llamó a Cande. Los tres colgamos nuestras cabezas hacia el piso, tratando de mirar debajo de mi cama. Candelaria prendió su linterna; apuntó primero a mi cara, después a la de Mateo y finalmente al piso.

Lo que vimos nos dejó sin habla. ¡No lo podíamos creer! Mateo cerró los ojos muy fuerte para no seguir mirando. Yo estuve a punto de gritar. A Cande se le cayó la linterna. Los tres quedamos paralizados. En un rincón –asustada- una tirarera trataba de esconderse en alguna parte.

Mateo quiso sacarla con un zapato, Candelaria trajo una escoba, yo no sabía qué hacer; la tirarera tampoco salía de su asombro. Tanto tiempo estuvimos mirándonos los cuatro, que llegó la mañana y el despertador de papá empezó a sonar. A las corridas, cada uno se fue a su cama, y nos hicimos los dormidos hasta que mamá nos llamó para ir a la escuela.

Después de desayunar volvimos al dormitorio por las mochilas y aprovechamos para mirar una vez más para abajo de la cama: allí seguía la tirarera, asustada y contenta. En clase no hicimos otra cosa que recordarla. Durante el recreo pensamos en hablarlo con algún mayor, pero enseguida nos dimos cuenta de que nadie nos creería. Cuando volví a casa, mamá estaba a punto de barrer debajo de la cama. Para mi sorpresa, no solo barrió, sino que además juntó la linterna, dos bolitas, una media… y no vio absolutamente nada. A la tardecita fuimos al cumpleaños de Paz; allí resolvimos conversarlo entre varios compañeros.

-Yo quiero ir a verla -dijo Delfina.

-Yo quiero tocarla -agregó Guido

-¡Una tirarera! ¡No puedo creerlo! –repetía Pilar, juntando sus manos como para rezar. De a uno fuimos hablando con algunos mayores; la mamá de Román fue muy clara:

–Las tirareras ¡no-e-xis-ten! Lo dijo así, cortadito, bien fuerte y bien clarito.

-¡No e-xis-ten! Y se enganchó con la computadora. El papá de Marina nos miró con cara de asombro, se sacó los lentes y nos preguntó:

-¿Una tirarera? ¿En la casa de Gerónimo? ¿No estarán mirando mucha televisión? Después, se volvió a colocar los lentes y siguió mirando televisión. El carnicero casi se desmaya; la cara se le puso roja y dijo “¡¿ti-ti-ti-ti-tirarera?!”-, se fue para la parte de atrás y no volvió hasta que nos fuimos.

Cuando pensaba eso recordé una frase que leí una vez en un libro: “Sólo un abuelo es capaz de esconder un secreto, o una tirarera”. Y allá fuimos todos a hablar con el abuelo de Javier.

Cuando le contamos que en casa teníamos una tirarera, le brillaron los ojos, se acomodó la garganta como para hablar y, sin decir ni una sola palabra, agarró su bastón y fue a buscar una caja de cuero. La caja tenía una cerradura que parecía muy fuerte, la abrió y sacó de adentro un baúl con tachas, lleno de polvo y cerrado con un candado más grande que el mismo baúl.

De otro cajoncito de madera sacó un libro muy viejito, o muy gastado. En la tapa alcanzamos a ver el dibujo de una tirarera y un título que decía: “Unos por llegar temprano y otros por quedarnos más tiempo”. Nos miramos todos sin entender nada.

El abuelo nos dijo algo así como: “Ustedes que todavía no han llegado y nosotros que ya pasamos hace tiempo”. No nos leyó el libro, pero nos dio permiso para leerlo nosotros, y como pudimos, tratamos de recordar todo lo que leímos.

Javier anotó: –Tanto tiempo has pasado hablando sin sentido, tanto tiempo escuchando coros de motores que no has conseguido oír el gemido triste de una tirarera pidiendo ayuda.

Gerónimoanotó: –Tanto has corrido atrás de los metales, tanto te han encandilado algunos brillos que has pasado demasiado rápido como para verla allí, sentadita en la raíz de un árbol.

Pilar escribió en una libretita: -Tanto has tocado muros, alambres, rejas, castillos y fortalezas que tus manos ya no pueden sentir la piel suave de una tirarera.

Cuando nos íbamos el abuelo nos dijo: Ellos –los del medio- no las ven, porque están muy ocupados mirándose al espejo, hablando por celular y comprando todo lo que les ofrecen.

Los adolescentes y los adultos no pueden ver las tirareras, porque están ocupados revisando su correo, lavando sus autos y mostrando sus pertenencias.

No las pueden escuchar, porque las bocinas, las alarmas y los caños de escape tapan sus canciones. Ven atardeceres en películas, hacen deportes en computadoras y observan la lluvia por televisión.

Están tan ocupados que no ven ni una rayuela en el piso, ni los arcoíris después de la lluvia, ni al hornero que acaba de salir de su casa en construcción por cuarta vez en la mañana. Están tan ocupados que no consiguen escuchar el paso redoblado de un ciempiés, ni la lluvia de verano golpeando contra los vidrios, ni el crepitar del fuego en la estufa recién prendida.

No consiguen darse cuenta de que las madreselvas y los jazmines se están peleando entre ellos para sorprendernos con su aroma, no se dan cuenta cuando un perro les dice “gracias”, pasan frente al mar, pero no lo ven, solo apuntan sus ojos hacia él, no reconocen el olor a tierra mojada que avisa que llega la lluvia.

Ellos no pueden ver las tirareras. Pero ustedes no se preocupen…

Muchos, cuando recuperen el tiempo perdido, encontrarán las llaves de los candados y llamarán a sus nietos para compartir las tirareras. Ustedes, mientras tanto… traten de no perderlas de vista.

junio 26, 2011 at 4:13 pm Deja un comentario

El caño de Gran Hermano

Por Marciano Durán

Yo no sé si me cambió el metabolismo… si me están apedreando las hormonas… o si los programas que miro en la tele me descontrolan la pituitaria. Supongo que es eso. Supongo que los temblequeos son de tanto mirar los caños y los grandes hermanos. Lo raro es que mi mujer también los mira, pero es como si no se diera cuenta de lo que ve, porque… –¿En qué pensás, Alcides? Estás como dormido con los ojos abiertos. Tenés cara de Gregorio mirando a Serafín García. –Ehhh… no, nada. Pensaba en Tinelli y en El Gran Hermano. En las mujeres que aparecen. Vos sabés que de tanto mirarlo… ¿cómo te voy a decir? Eeeh… de tanto mirarlo me dan ganas de invitarte a… esteee… a …no lo tomes a mal ¿no?… me dan ganas de invitarte… a lavar los vidrios del dormitorio. –¿Me querés decir… lo que yo creo que me querés decir? –¡Sep! –¡Sos un degenerado! ¿Para eso mirás televisión? ¡Cabeza podrida! –No Sandra, no. Pero esos programas están más salados que comer maní mirando ISAT los viernes a la medianoche. –¡Sssshhhh! Los niños no se han dormido. –Pero yo lo único que te propuse fue lavar los vidrios del dormitorio. –Estás enfermo, Alcides. No entiendo qué relación hacés entre una cosa y la otra. Por otra parte, parece que te olvidaste que los lavamos hace un mes. –¡Me acuerdo, Sandrita, me acuerdo perfectamente! ¡38 días, 19 horas, 15 minutos! Y a mí me parece que por culpa de la televisión estamos espaciando mucho la limpieza. No te digo una lavadita de vidrios por día, pero por lo menos no te hagas la Tabaré. –¿La Tabaré? –Sí, si por vos fuera festejabas todos los feriados en un solo día. Si por vos fuera, desfilábamos solamente el 19 de junio y nunca más. –Pero… ¿vos te viste el lampazo, Alcides? –¿Qué tenés que decir de mi lampazo? –Que tendrías que haber visto el de Meza cuando estaba durmiendo en la Casa del Gran Hermano, o el de Maxi bailando con la Calabró. –Te entiendo menos que a la Reforma Tributaria. ¿No era que vos mirabas esos programas para saber cómo bailan, o para estudiar cómo se relacionan las personas en una situación extrema? Eso me habías dicho, Sandra. –Sí, para eso los miro. Y gracias a que los veo me enteré de que hay distintos tipos de lampazos en los supermercados. Y de que me tenías engañada con que eran todos iguales. –¡Sosinjusta, Sandra! Sabés bien que lo importante no es el tamaño del lampazo, sino cómo se lo pasa por el vidrio. Y yo lo hago con gracia y agilidad. –¿Agilidad Alcides? ¡Lo tuyo no es agilidad, lo tuyo es velocidad! ¿Querés sinónimos? ¡Rapidez, apuro, precocidad! Así que mejor… tranquilizate viejo. –Está bien, yo me tranquilizo, pero entonces vos cambiá de canal, porque a mí esos programas me ponen nervioso. Vení, vení al baño y al dormitorio que te voy a mostrar una cosa. –Vos andás en algo raaaaro, Alciiiides. Creo que te estás tomando la televisión en un sentido degenerado que no tiene. ¡Pe-pe-pero!… ¿Qué hiciste en la ducha? ¿Qué es eso que ataste con alambres? –Es la filmadora de tu prima. Me la prestó y la até ahí para cuando te vayas a duchar. Pensé que… –¡Ni se te ocurra, degenerado! ¡Andá al siquiatra, morboso! ¡¿Cómo vas a pensar que yo…?! ¿Qué hiciste en el dormitorio? –Vení, acompañame. ¿Te acordás de que hace tiempo tenemos tirado en el pasillo del fondo el coso ese con el que tropezamos cada vez que pasamos? –No, no sé de qué me hablás. –De cuando cambiamos por la TV Cable. –Sigo sin entenderte, Alcides. –El caño de la antena, que ya no nos servía para nada. ¡Mirá…! –¡Pero vos estás para internar! ¡¿Cómo se te ocurrió amurar un caño en el medio del dormitorio!? –Te lo dije Sandrita. Como yo me di cuenta de que te gusta tanto, pensé que a lo mejor yo podría… –¡No pienses más! Yo lo que miro es el baile, los bailarines, la danza, la música, el vestuario, la coreografía. ¡Como todo el mundo! –Pero vieja… eso no es un baile, eso es un pericón. –¿Un pericón? –Sí, es un baile con relaciones. Él le mueve la pelvis en la cara, ella se agacha como para lavarse los dientes en un balde. Después hace como que se la va … –¡Callate, degenerado, que están los niños despiertos! –Los niños están mirando el baile del caño en el otro televisor. ¿Adónde vas? –A buscar la tarjeta del psicólogo que nos recomendaron para Martincito. Tenés que ir al confesionar… digo… al consultorio urgente. Vos tenés una fijación con el sexo. ¡Al loquero, al loquero con vos! ¡Semejaaaante televidente y no sabés diferenciar las cosas! Vos ves sexo donde los demás vemos arte. ¡Eso es el arte! –¡Helarte es cuando me tocas con los pies fríos de noche, vieja! ¡Los pies fríos, las manos frías, la cara fría! Lo único caliente de esta casa es el control remoto de la tele, de tanto pasar del 4 al 12 y del 12 al 4. –¡Mi madre me lo advirtió, Alcides! “Te vas a casar con un tipo que además de vago es un degenerado”. – Puede ser… puede ser, por ahí estoy un poquito zafado. Pero… ¿vos la viste a la Nazarena Vélez? –Sí, la vi… ¿Y? –Que yo la vi cuando se metía a la bañera y otra vez se me ocurrió lo de los vidrios. ¿Vos estás segura vieja de que no lo hacen con doble intención? –De lo que estoy segura es de que estás enfermo. –Sí, estoy un poco caliente. Debo tener fiebre. –Entonces acostate. Y hablá despacio, que la María Fernanda está contando lo del juguete que se llevó a la casa, y van a mostrar cuando Nino probó a ver si se daban cuenta que … pero… ¡mirá lo que me hacés decir! Andá a acostarte Alcides, andá que no estás bien. Acostate y descansá. –No puedo descansar. Desde que ponés ese programa, sueño que me encuentro con dos bailarinas. Todas las noches sueño lo mismo. –¿La Nazarenay la Calabró? –No. La Florencia y la Abigail. –¿Y qué te hacen en el sueño? –Lambadas… digo…no…esteee… es como una pesadilla. Sueño que las dos me introducen en esta nueva disciplina del baile. No sé, Sandra, no es que sea homofóbico, pero… ¿se les terminaron las mujeres? –¿Tenésalgo contra ellas? –¡Noooo, ni se te ocurra! Más bien es por los que bailan con ellas, o con ellos o como se diga. Me hacen acordar a Mazurkiewicz. ¡Cóoomo se colgaba del travesaño, Mazurkiewicz! ¿Vos estás segura de que las llevan por el arte y la danza y que no es para que la gente se ratonee? –Por supuesto. No hay diferencias con una mujer. –Hay una, vieja. Pero ¿sabés una cosa? me convenciste…me voy. –¿Adónde vas? –A mirar tele. -¿Qué vas a ver? –El Canal Retro, hoy pasan una de la Coca Sarli. –¡Vos seguí nomás, degenerado! –Estás errada Sandrita, yo a la Coca lo único que le miro… son las actuaciones. –¿Estás seguro de que lo único que le mirás son las actuaciones? –Sí. Las dos.

junio 6, 2011 at 8:45 pm Deja un comentario

LAS PIFIAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Por Marciano Durán

Andamos en moto sin libreta de conducir.

Y así nos va.

Porque para andar en moto por estos días sólo se precisan dos cosas: moto y ganas.

Entonces chocamos, pisamos, caemos y rodamos.

Con las computadoras hacemos lo mismo. Parece ser argumento suficiente para manejar una computadora el tener una al alcance de la mano. Por lo tanto… las chocamos en cualquier esquina en que se cruce una web con un blog, un muro de Facebook con un e-mail.

Lo que pasa es que viene ganando la cultura de “hacer” a la de “conocer”, la de “usar” a la de “saber”, la de “tener” a la de “aprender”. Me da la sensación de que estamos frente a una generación de usuarios con mucha tecnología, mucho tiempo a disposición, poco sentido común, escasa información y reducidas ganas de cuestionar lo que va recibiendo en sus monitores.

Está bien… estoy generalizando. No debo hablar de una generación, debo hablar de millones de usuarios de teclado fácil.

¿A dónde voy?

A la falta del más mínimo criterio para cuestionar lo que nos llega.

Desechando autores

Acá va un ejemplo personal para tratar de explicarlo:

Desde hace unos años, mi texto “Desechando lo desechable” circula por el ciberespacio con distintos títulos: “Me caí del mundo”, “Por qué todavía no tengo DVD” y “Para mayores de 40” (entre otros). Y con la firma de Eduardo Galeano (que no soy yo). Así que traté de entender por qué estaba sucediendo eso. Calculo que fue así:

Este dedito reenvió mi texto y este otro lo recibió. Y como aquel que se sube a una moto solamente porque tiene moto, este otro dedito resolvió compartirlo con alguien de su entorno; entonces, hizo los deberes: copió y pegó. Y copiar, recortar y pegar -algo que hacíamos sin muchas complicaciones en la escuela- ahora está apareciendo como una materia difícil de salvar en internet.

Sin apoyar convenientemente el cursor, a este otro dedito se le quedó, seguramente, sin pintar la primera parte del texto y la última: el título y la firma. Y este pícaro gordito lo recibió y pensó:

“¡Ta’ lindo, lástima que no tiene título!” Entonces, hizo justicia por mouse propio, buscó en la crónica una frase que sirviera de título y la mandó para el principio. Y éste otro dedito le puso la sal: “Esto se parece a las cosas que escribe Galeano”. ¡Y sí! se ve que se olvidaron de ponerle la firma. Y bueno… yo se la pongo”.

Y los pícaros gorditos se la comieron, toda…todita.

Y ahí anda, rebotando y multiplicándose en cada computadora en la que cae. Y tuve que escribirle a mi admirado Galeano para contarle lo que estaba pasando. Y el texto siguió creciendo.

Era poco creíble lo que sucedía: foros, encuentros de políticos, congregaciones religiosas, programas de TV, congresos de salud, obras de teatro, reuniones de ecología, convenciones de profesionales y programas de educación incluyeron nuestro texto con la firma de Galeano. Y el texto (que es coherente) comenzó a reciclarse a sí mismo. Un par de veces por año alguien propone un nombre nuevo y lo recicla vía internet. Se traduce al inglés, al francés, al italiano, al alemán, al portugués y al catalán. Forma parte de presentaciones teatrales, se proponen homenajes a Galeano, aparecen power point muy bonitos que recorren la red, los diarios de papel de distintos países lo publican y se comercializa de mil maneras: audio, posters, i-book, cuadritos, CD y hasta camisetas con frases del texto.

Todos toman naranjada y el pobre naranjo nada.

Y no está mal.

La naranjada debe ser para los que la toman y los naranjos –hasta donde yo sé- no consumen naranjada.

Los naranjos se alimentan de otras cosas.

Pero siento cosquillas en la barriga.

Mis tres textos más exitosos son tuyos

Entonces, Galeano empieza a recibir felicitaciones en cada lugar que llega.

Y aclara desde México: “Porque en mi larga vida de escritor, los tres artículos que más repercusión tuvieron y por los que me paran en la calle para felicitarme y circulan con mi firma en internet, no son míos. Uno se refiere a ‘Las cosas viejas’, otro se llama ‘Por qué no tengo un DVD’, lo cual es falso, porque sí tengo, y otro se titula “Mi nieta Sofía” y yo no tengo ninguna nieta Sofía. El drama mío es que mis tres textos más exitosos son tuyos, y no míos, así que cada vez que me felicitan en la calle, diciéndome cosas como: es lo mejor que escribiste, qué maravilla, yo me pongo a deshojar la margarita para ver si me mato o no me mato”.

Hacé una prueba.

A vos te hablo. Al que está leyendo esto.

Escribí “Me caí del mundo” entre comillas en un buscador y a continuación colocá la palabra “Marciano”.

Aparecerán 600 páginas que vinculan mi nombre con este texto. Pero, si a continuación, en vez de “Marciano”, ponés “Galeano”, el resultado son ¡6.500 quinientas páginas!

“No consigo andar por el mundo tirando cosas” y el nombre de este extraterrestre ofrecerá 10.000 versiones. Asociada al autor de la Venas Abiertas aparecerán: ¡48.000 páginas!

Podría seguir con más ejemplos, pero tengo la sensación que ya me creyeron.

Algo malo está pasando en internet. Están sucediendo cosas feas en la red de redes.

Parece que un grupo importante de usuarios de internet anda manejando sin libreta y se ha subido a los autitos chocadores.

(Continúa en la próxima edición)

mayo 5, 2011 at 11:36 pm Deja un comentario

Asamblea de Copropietarios en Punta del Este

Por Marciano Durán

Buenas noches, señores consorcistas. Si hacen silencio vamos a comenzar con la Asamblea Anual de Copropietarios de nuestro edificio.

Sr. Presidente, yo quisiera decir algunas palabras respecto a nuestra copropiedad.

Tiene la palabra Claudio, el propietario del Apartamento 308.

Gracias Sr. Presidente. En mi condición de argentino veraneante en Punta del Este, antes de comenzar esta asamblea quiero hacer mención a la hermandad rioplatense y especialmente al trato que recibimos de los vecinos uruguayos que tienen apartamentos en este edificio. Queremos saludar a nuestro administrador -una persona de bien-, al portero y su familia, a las mucamas, en fin, a cada uno de los uruguayos que hacen más placentera nuestra estadía. También quisiéramos proponer cambiarle el nombre al edificio y que pase a llamarse “Hermanos del Río de la Plata”. Hemos traído este cartel con el nombre, que le entrego al vecino uruguayo. Quiero que conste en actas, Sr. Presidente.

Gracias Sr. Propietario del apto 308. Tiene la palabra Oscar, el propietario del apartamento 1703.

Gracias, Sr. Presidente, yo también quisiera expresarme al respecto. Para nosotros, los uruguayos que vivimos en esta copropiedad, es muy grato recibir a los hermanos argentinos. Quiero entregar este ramo de rosas a la esposa del hermano argentino. Con ellos compartimos nuestros espacios comunes como por ejemplo el hall, la cochera y el palier … a propósito… quisiera aprovechar para recordarle al vecino y hermano argentino que no deberían tirar papeles en el palier de su apartamento porque de alguna manera el palier lo comparte con nosotros. Bastante tenemos con el olor a cigarro que sale de allí. Yo le recuerdo que el consorcio resolvió el año pasado poner papeleras en el palier. Usémosla, por favor, hermano argentino.

Yo preferiría no hablar de papeleras Sr. Presidente. Si al hermano uruguayo le molesta el olor a cigarro debería fijarse primero en el olor de la papelera en Fray Bentos.

Sr. Presidente, no fue mi intención molestar a nuestro hermano argentino, a quien aprecio …eeeh… bastante. Si hubiera tenido intención de molestarlo le hubiera preguntado hasta cuándo piensa usar el ascensor principal para subir y bajar el perro apestoso que tiene. Pero no discutamos, porque tenemos muy pocas diferencias entre nosotros. El río nos une y no nos separa, somos casi iguales, solamente tenemos matices, por ejemplo… nosotros no tenemos Gran Hermano, ni andamos golpeando fotógrafos por la calle como lo hacía Charly García o el nieto de la Legrand, tampoco cortamos rutas.

Gracias Oscar. Pasamos a tratar el primer punto del orden del día: Aprobación de la Gestión de nuestro Administrador. Tiene la palabra el Sr. Edson.

Sr. Presidente, antes que hable Edson quiero hacer referencia a lo que expresó recién nuestro amable vecino uruguayo. Más que nada porque nosotros -basados en el cariño que le tenemos a esta provinc… perdón, a este país- nos hemos cuidado mucho de decir –por ejemplo- que a la sobrina de él la están trayendo de madrugada y prácticamente la depositan en el ascensor en un estado lamentable. Y… ¿por qué lo sabemos? Porque nuestro sereno no para de contar todo lo que pasa en esta copropiedad. ¡Propinero como todos los uruguayos! Un día está bien con un propietario y al otro día está bien con otro, claaaro… está siguiendo el camino que hizo Tabaré, que un día te armaba el Mercosur y a la semana siguiente te lo apuñalaba y encaraba negaciones bilaterales con los Estados Unidos. ¡¡¡Un Estados Unidos, Sr. Presidente, con el que se enfrentaron siempre!!! ¡¡Y claaaro que si queremos volvemos a cortar las rutas, porque cortar las rutas es un derecho legítimo, sagrado y consagrado, Sr. Presidente!!

Entonces nosotros vamos a hacer una vaquita y vamos a llevar 20 o 30 desocupados para armar un piquete de este lado del puente para que ustedes no puedan volver. Y vamos a armar otro piquete en territorio argentino en la salida de Gualeguaychú para que no puedan salir los de esa ciudad neo-ecologista. ¿Y sabés lo que va a pasar? Como a los gusanos que les ponés panceta, van a tener que salir para este lado porque nosotros al corte no lo vamos a levantar. ¡¿Y sabés por qué?! Porque cortar rutas es un derecho legítimo, sagrado y consagrado ¿Entendiste pelado?

Sr. Presidente, parece que al amigo uruguayo le salió el tupamaro que todos ellos tienen adentro.

Tiene la palabra Oscar.

Yo soy uruguayo, pero a los tupamaros no los voté.

Si es por eso yo tampoco voté a Cristina, Oscar.

A ver… ¿Qué fue lo que ganó el uruguayo Drexler hace unos años?

¿El Óscar a la mejor música?

Entonces….si sabés que se dice Óscar ¡¡¿por qué te empecinás en decirme Oscáááár?!! Otra cosa, no creas que es una casualidad que se hayan empezado a mover algunas sillas. No es casualidad, Sr. Presidente que los uruguayos de este edificio se estén sentando en este momento junto a mí. ¿Por qué? Porque esa actitud prepotente del porteño del 1806 de cocinar con la puerta abierta y de correr los muebles a la hora que dormimos la siesta, esa actitud no nos va a amedrentar, Sr. Presidente.

-Mirá nabo -y le pido disculpas a los nabos por esta comparación- seguro que a cualquier hora que corramos los muebles vas a estar durmiendo, porque ustedes los uruguayos lo único que hacen bien es dormir la siesta y tomar mate por la calle y… ¿cuál es el mérito de que se te siente al lado el administrador que nos está robando desde hace cinco años y se metió en el bolsillo el diez por ciento de cada trabajo que inventó en el edificio? ¿O no te diste cuenta de que pintó tres veces la piscina este año?

¿Y…? Se habrá despintado.

¡¡¡No tenemos piscina, estúpido!!!

Les pido por favor que no dialoguen y que pidan la palabra. Sí…Sr. Edson, puede hablar usted.

Primero yo, Sr. Presidente ¿Que pidan la palabra? Será lo único que pueden pedir los argentinos, porque estos son de manotear, de pasarte por arriba, como el Giordano ese, explotador. ¡Pero acá no juegan, Sr. Presidente! ¡Acá terminan en cana, él y todos los prepotentes que estacionan las 4 por 4 en cualquier lugar en la cochera y ocupan espacios de circulación!

El que va a explotar soy yo tarado ¿o todavía no te has avivado de que son una provincia argentina? Y ya que estás al lado del portero, preguntale si él también tiene hora argentina, porque se está levantando con la hora nuestra. Y decile también que se dedique un poquito al edificio, que lo único que hace es alquilar apartamentos.

Sr. Presidente, bien que le gustó a él y a vos mismo, Sr. Presidente, que el portero te alquilara el apartamento y que no tuvieran que pagar comisión a la inmobiliaria vos y la porteña del 1506 que escucha la música a todo lo que da y no hay quien duerma.

¡¡Pero daaaale con la dormida!!! ¡¡¿Por qué no disfrutan de la visita de los nacidos en la tierra de Cortázar, Gardel y el Che?!!

¡¿El Che?! Aaaah… ¿Recién no votabas a Cristina y ahora te sirve el Che? ¿No te diste cuenta de que el Che se rajó apenas se avivó de donde había nacido? ¿Cortázar? Pero… ¿no sabés que Cortázar nació en Bruselas y Gardel en Tacuarembó?

Sres. Consorcistas, les suplico que guarden la calma. Lo de Gardel había quedado claro en la asamblea del año pasado. Recuerden que consta en el libro de actas que habíamos convenido que nació en la Isla Martín García.

Ladrón García tendría que llamarse esa isla, porque esa isla nos la robaron, como nos robó el propietario del 1606 que avanzó con la carpintería de aluminio al balcón sin autorización y se quedó con metros comunes que pertenecen a la copropiedad y ni siquiera paga más contribución porque nunca declaró nada en la Intendencia. Y no me mirés así, a vos te hablo, al que está abrazado de la gorda con várices. Sí, vos, el de la camisa ridícula.

¿Contribución? ¿Cuál contribución? ¡Guampudo en cuotas!! ¿La que aumentó un 10 por ciento el comunista arrepentido que el año pasado me pintó el apartamento y ahora se quiere quedar con él? ¿No se dan cuenta que a los uruguayos les falta categoría? Son más ordinarios que esta asamblea ¡Cuelgan las toallas en los balcones y ponen el colchón a secarse! Sí, sí, es a vos que te hablo, al del peluquín amarillo.

Por favor le pido al Sr. Óscar u Oscar que suelte el lampazo a fin de tener una asamblea en paz. Tiene la palabra el Sr. Edson De Oliveira Dirceu del apartamento 1309.

Eu quería decir que si quieren falar de fuchibóu y de un país de verdachi tendrían que mirar un poco mais pra arriba, pra Brasil o país mais grande do mundo.

¿Qué decís, banana? ¿Vos no sabés que entre Argentina y Uruguay tenemos 28 Copas de América? ¿No te avisaron que siempre les agarró diarrea en las finales con los uruguayos y con los argentinos? ¿Qué decís? Pero… ¿A quién le ganaste, negro jetón? Vení un poquito…. Vení, tostao a rayas … vení para la cochera que te vamos a hacer ver el corcovado…

-¡Óscar, Claudio!

-Podés decirme Oscar.

-Oscar, Claudio…por favor….a los dos les pido….tengamos la asamblea en paz. ¡¡Nooooo! ¡¡¡Con el cartel no le pegueeen!!! ¡¡¡Sepárenlos!!! ¡¡Nooo, alguien que proteja al brasilero de la hermandad rioplatense!!! ¡¡Noooo, con el cartel del edificio nooooo!!

 

enero 6, 2011 at 5:37 pm Deja un comentario

Una generación que resolvió encerrarse

Hablo de nosotros.
No sé cuándo fue.
Lo que sé es que alguien desde arriba dio la orden y allá fuimos… balando despacito.. Balando.
Ha pasado mucho agua desde los cercanos tiempos de Comisiones de Fomentos en que la directora de la escuela esquivaba al vecino nuevo. Es que ella tenía derecho a dudar del papá que estrenaba hijo en primero y prefería elegir entre 30 o 40 padres repetidores que aspiraban al cargo.
Comisiones de escuela en que las mamás anunciaban tempranamente en abril cuál sería su proyecto para recaudar fondos y cómo harían para arreglar el jardín con poco dinero.
Ha pasado poco tiempo y mucho agua desde aquellos días en que había que hacer cola y reservar mesa para escuchar “al intérprete de canto popular”.
No hace tanto que en las elecciones del club de fútbol, dos y hasta tres listas se peleaban por integrar la directiva.
Coordinadoras de comisiones barriales, residentes de tal ciudad que vivían en tal otra, tribunas llenas en cualquier deporte, mostradores donde no cabía ni un codo ni un cuento más, misas con cristianos gritando “¡y con tu espírituuuuu!” desde la vereda, asambleas de socios para las que había que salir a buscar sillas a último momento.
Y de golpe.
¡Una bomba que destruye lo colectivo pero no lo individual cae sobre nosotros!
Las edificaciones logran quedar en pie.
Las instituciones consiguen soportar los primeros embates pero… se ven menos lamparillas encendidas, se empieza a depositar polvo sobre los muebles y el cantinero pasa el trapo por décima vez sobre el mostrador… mirando hacia una puerta que no ve entrar a nadie.
Las reuniones de directiva se hacen mano a mano entre el presidente y el secretario.
Ahora sobran sillas en el mismo lugar en que la gente sesionaba parada.
Los que aceptaron integrar la lista a principio de año ya se fueron y todavía no hemos llegado a agosto.

–¿Cómo se llamaba el señor de bigote grueso que iba a organizar el festival de coros?–pregunta inocentemente la directora del liceo.
–Tendríamos que empezar una campaña de socios urgente– dice el presidente de la institución. En los últimos cinco años pasamos de 400 a 35 socios.
–Correligionarios, hay que hacer un esfuercito más o tendremos que cerrar el club. ¿Queremos recuperar el gobierno o vamos a quedarnos de brazos cruzados mientras ellos hacen lo que se les antoja?
–O metemos todos o no tiene sentido la Comisión Barrial. Hace meses que somos mi señora, Don Rodríguez y yo. Eso sí, después se quejan cuando los roban o no reponen las luces de la calle.

Se acabó lo que quedaba.
Una bomba que nadie advirtió impactó sobre nosotros.
Nos mandaron a guardar.
Y no estamos hablando exclusivamente de proyectos sociales.

La gente no va al fútbol.
Sólo se ha salvado el fútbol por televisión, o por decirlo mejor: se ha salvado la televisión que trasmite fútbol, que no es lo mismo.
Y con ellos los partidos santificados por los medios.
Lo que quedó afuera -llámese fútbol del interior, local, provincial o departamental según en qué país se encuentre- sobrevive con las migajas que se caen del banquete.
¡En la ciudad en que vivo la media de asistentes a espectáculos culturales en el 2006 fue de 33 personas! ¡Una ciudad de 50 mil habitantes! Reflejo del resto del país.
¡Fui a ver a mi equipo de fútbol y conmigo éramos 25 hinchas al costado de la cancha!
Es que la gente ya no va a la misa ni al cementerio y hasta los entierros de estos tiempos son un fracaso.
¿Te acordás de los entierros de antes?
El velatorio hervía de gente, salían a las veredas a hacer cuentos. Casi no existían los autos pero los cementerios igualmente se llenaban y competían los domingos con la feria, el fútbol y la matinée.
Las retretas, las fogatas de San Juan, la banda en la plaza, las carreras y las marchas sindicales.
Todo servía para salir.
Algo nos pasó mientras mirábamos la tele.
Alguien nos jodió feo y ni siquiera nos avivamos en los reclames.
¡Fin!

Nos tocó a nosotros el triste privilegio de estar mirando la tele, chateando o mandando mensajes de textos cuando nos cambiaban el mundo.
¿Para qué ir al fútbol si el que dan en el cable es gratis, mejor jugado, las tribunas están llenas, la pelota pica bien y las camisetas son Nike?
¿Para qué ir a ver a tu sobrino que juega en la esquina si en tu casa no pasás frío, no te corren los barras bravas y no te roban la casa por dejarla sola?
¿Vecinos? Psé… el día que los vecinos salgan en la tele los voy a empezar a considerar.

¡No te imaginás cómo nos comunicamos ahora con Nicolás!
Cuando vivía con nosotros apenas si lo veíamos porque se acostaba cuando nosotros nos levantábamos y apenas si hablábamos. ¡Pero ahora que se fue a España y tiene Internet y camarita, chateamos todos los días y lo vemos a cada rato! Ayer nos presentó a Camilo, nuestro nieto. ¡No te imaginás la carita de felicidad que puso cuando nos vió!
¡Fin!

¡Y a mirar televisión que se termina el mundo!
Que mientras exista diversión permanente entrando por el coaxil no habrá nada que nos distraiga y nos preocupe demasiado.
Mientras nos presenten en el noticiero las guerras, los atentados, las inundaciones, las epidemias y los negritos africanos como un selecto muestrario de sufrimiento ajeno, nos iremos acostumbrando a tanta angustia.
Cerquita… porque están en el living.
Lejísimo… porque no puedo hacer nada por ellos.

Y te vas acostumbrando.
Te indignás ante el primer caso, te duele el segundo, el tercero te lo tragás y al cuarto ya lo estás esperando porque se demora en llegar.

Así está el mundo, amigos.
Con el repertorio de excusas necesarias que nos ayudan a justificarnos: Estaba muy frío para ir, la entrada era cara, justo pasaban la final de Calamuchita y Congo Belga, el cura se manda unos discursos insoportables, mi hijo había sacado una película en el video club, cada vez que voy me manguean, no estoy para perder el tiempo con discusiones eternas, para la próxima avisame con más tiempo, los ultras están pesadísimos, justo arrancó a llover y pensé que lo iban a suspender.
Más que excusas, lo que hemos presentado en los últimos años han sido coartadas para escaparnos de los demás.
Antes había que hacer un esfuerzo para quedarse en casa.
Siempre había alguien que nos chistaba desde afuera.
Ahora el esfuerzo lo necesitamos para decidirnos a salir.
¡No mandaron a guardar!
Y allá fuimos, balando.

¿Cuál será ahora el límite del individualismo?
¿Iremos perdiendo también la solidaridad con aquellos a quienes queremos mucho?
Cuando optamos por la comunicación tecnológica sobre la real con las personas de nuestra más cercana familia, cuando preferimos comunicarnos a través de cualquier aparato que tenga cables, cámaras o micrófonos ¿no nos estamos acercando a ese límite tan jodido?

¿Cuál es el límite del individualismo?
¿Tiene?
¿Iremos sólo a los lugares santificados por los medios como los shopping, los casinos o los mega espectáculos?

Hemos resuelto encerrarnos, hemos resuelto quedarnos conectados, entubados, asistidos mecánicamente, en coma colectivo y profundo.
Y para hacerla completa, estamos formando a nuestra imagen y semejanza a la próxima generación.
Los estamos educando en la cultura del encierro.
Algunos de nuestros gurises ya nacieron en cautiverio y nosotros le suministramos el Play Station para anclarlos convenientemente.
No hay tiempo para lo colectivo.
Afuera hay inseguridad.
Sálvese quien pueda.
Hacé la tuya.
No hay tiempo para lo colectivo.
Hay que trabajar más que antes porque tenemos que pagar las cuotas de los aparatos que nos mandaron comprar, para ayudarnos a bancar tanta soledad.
Nos guste o no nos guste, somos la generación que resolvió encerrarse y encerrar a sus hijos.

diciembre 18, 2010 at 1:23 pm Deja un comentario

LA TORRE DEL ASCO MUNICACIONES

MARCIANO DURAN
-¡Buenos diiiias niños!
-¡Buenos diiiias, señorita maestra!
-¿Se acordaron de los deberes?
-¡Sííííí, señorita maestra!
-Muy bien…a ver tú… Lucas, ¿qué les pedí para hoy?
-Nos pidió que trabajáramos con nuestros padres con la Torre esa de las…de las …¿cómo era maestra que se llamaba la torre?
-De Las Comunicaciones, Lucas; “La Torre De Las Comunicaciones”. Ustedes saben que es uno de los más grandes emprendimientos del estado uruguayo. Es una maravilla moderna comparable con las pirámides de Egipto, la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o incluso la Gran Muralla China.
-Pero mi papá dice que esa torre…
-Cololó…por favor…cuando necesite la opinión de un niño conflictivo se la voy a pedir. Esa torre que tuvo un costo de 100 millones de dólares…
-…eso, señorita, eso, mi papá dice que por qué no se …

-¡Cololó!…¡por favor! La próxima vez que hable se me va para la Dirección. ¿Entendió?

-¿Entendió que la próxima vez que hable se me va para la dirección?
-Mmmmmm.
-Bien… ayer le pedí a Cololó que escribiera en el pizarrón el título del deber: “Conversemos con nuestros padres sobre la Torre De Las Comunicaciones”¿Trajeron los deberes?
-Sí maestra, lo que pasa es que usted se fue antes porque perdía el ómnibus y Cololó nos dijo que habláramos también con nuestros padres sobre qué otras cosas se pueden hacer con lo que costó la torre.
-Bueno…yo no pregunté eso…pero si ya lo hicieron… A ver, Marina, ¿qué te dijo tu papá?

-Mi papá vende autos, y me dijo que, a 10 mil dólares cada auto, puede comprar 10 mil autos cero kilómetro y que si los pone uno pegadito a otro en fila y pone el primero en la Plaza Libertad, llega con la fila de autos hasta Atlántida.

-¡Muy bien, Marina! …a ver Cecilia…
-Mi papá trabaja en un comercio y vende televisores. Dice que con esa plata podría comprar 1 millón de teles a color, 1 millón por 60 centímetros son 60 millones de centímetros, es decir 600 mil metros, o sea 600 kilómetros, dice que llega con televisores desde Montevideo hasta Artigas maestra.

- ¡Muy bien Cecilia!. ¿Carlitos?
-Mi papá trabaja en una barraca. A tres dólares y medio el metro cuadrado de cerámica, dice que le da para 28 millones y medio de metros cuadrados, o sea casi 29.000 kilómetros cuadrados, dice que puede embaldosar todo Montevideo, Florida, Flores, Lavalleja y Maldonado. Incluyendo los ríos y los arroyos, maestra.

-Y mi papá dice que la torre se la pueden…
-Cololó, todavía no le toca. Usted. Antonio ¿en qué trabaja su papá?
-Mi papá coloca membranas a 75 pesos el metro cuadrado y me dijo que puede techar los departamentos de Maldonado, Rocha, Treinta y Tres, Lavalleja y Canelones. Dice que si le puede conseguir esa changuita manda la cuota para la comisión de fomento que está debiendo.

-¿Marianito?
-Mi papá y mi mamá venden huevos señorita.
-¿Y que le dijeron?
-Que con cien millones de dólares y colocando un huevo al lado de otro, haciendo un caminito de huevos, a metro la docena, y a dólar, si arranca del patio del fondo de casa dice que da la vuelta al mundo y llega de nuevo. Y cuando llega tiene que salir otra vez porque le sobran huevos, así que sale y da otra vuelta. Y cuando llega tiene que dar media vuelta más a la Tierra. Porque son mil doscientos millones de huevos, maestra.

-Y mi papá dice que a la torre se la tendrían que …
-¡Basta, Cololó, ya le va a tocar! ¿Sergio, qué hace su mamá. ?
-Mi mamá vende leche. Dice que con ese dinero se pueden comprar tantas bolsitas de leche que colocando una al lado de otra, llegaría desde Mercurio hasta el sol. Claro…que tendría que ser de noche, porque si no se les queman.

-¿Magdalena?
-Mi papá tiene un almacén. Dice que podría comprar papel higiénico. Si pegara todos los rollos y atara una punta en la pata de la mesa de mi casa llegaría hasta….la luna. Pero no una sola vez, llegaría una y otra vez hasta 52 veces. ¡52 veces desde la pata de la mesa de mi casa hasta la luna!

-Y mi papá dice por qué no se me…
-Bien, Cololó. ¿Qué dice su papá? ¿A qué se dedica?
-Mi papá es desocupado, él antes trabajaba en una farmacia.
-¿Y qué vendía en la farmacia?
-Eso quería decirle desde hoy, maestra. Vaselina, mi papá vendía vaselina. Y dice que con 24.000 frasquitos le tiene que alcanzar bien al anormal que se le ocurrió la idea de la torre. Mi papá siempre dice: “¡¿Por qué no se meten…?!
-Sí, Cololó… por qué no le meten vaselina y la protegen del salitre. Tiene razón su papá, esa Torre está muy cerca de la costa…algo van a tener que hacer con ella.

octubre 20, 2010 at 10:59 am Deja un comentario

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